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L’Alternativa 2014 (2) – #Miéville: Uno/Dos planos

No suelo advertir en la mayoría de cineastas una preocupación profunda por réfléchir las cuestiones más trascendentes del arte que tienen entre manos, que podrían resumirse en dos, como sucede en la misma humanidad: de dónde viene el plano, a dónde va el plano. He utilizado el término francés al hablar de dicha preocupación porque réfléchir significa tanto reflexionar como reflejar. Una de las cosas que más admiro en dichos cineastas, es su capacidad para tejer un discurso sobre las bases del cine sin dejar de rodar en ningún momento, hermanando teoría y práctica hasta difuminar toda frontera; es decir, cineastas que reflexionan y reflejan en una misma imagen. Tengo la sensación que la separación no debería establecerse entre ficción y documental sino entre teoría y práctica, y así las últimas películas de, por ejemplo, David Lynch o Léos Carax caerían del lado de la primera, mientras que las de los hermanos Dardenne o Johnnie To lo harían en el de la segunda. Aún me queda mucho cine por ver de Anne-Marie Miéville, pero comienzo a sospechar que ella es una cineasta del réfléchir.

Como las mejores ecuaciones, Nous sommes tous encore ici (íd., Anne-Marie Miéville, 1997) es antes un enigma que ninguna otra cosa. Una cinta sobre diálogos, dúos que se interpelan de formas diversas, pero estructurada en tres actos. Dos a tres. 2x = 3. 3 = 2. Algunas de las películas más radicales que he visto nunca, como De la nube a la resistencia (Dalla nube alla resistenza, Danièle Huillet y Jean-Marie Straub, 1979) o Death Proof (íd., Quentin Tarantino, 2007), que también tienen mucho del citado réfléchir, osaban a partirse por la mitad, actuando sus segundas mitades como espejos deformantes de sus predecesoras o respuesta a éstas, pero Nous sommes tous encore ici lleva la matemática a un nuevo nivel de fantasía. La primera parte del film es una escenificación de parte del diálogo del Gorgias de Platón, justamente la parte que trata sobre la diferencia entre el hombre bueno y el hombre superior y la prevalencia de éste sobre el resto de hombres, interpretado (más que recitado) por dos mujeres de mediana edad. Teniendo en cuenta que la segunda parte de la película es un monólogo (recitado, ahora sí, por Jean-Luc Godard a modo de actor teatral) donde se cuelan fragmentos de textos de Hannah Arendt sobre los totalitarismos, su predecesora adquiere tintes casi proféticos, por decir palabras escritas 2000 años antes, a la vez que inquietantemente extrañados, no ya sólo por la escenificación fuera de lugar del diálogo sino porque por un lado el contenido de éste parece advertirnos sobre lo que acontecerá en el siglo XX a propósito de los hombres superiores y los inferiores pero al mismo tiempo su puesta en escena es posterior al colapso de lo dicho, posterior al Holocausto, por lo que la escena adquiere visos de visión a destiempo, de palabras que quizá llegan demasiado tarde una vez que por todos han sido comprendidas. Y ejecutadas. Y escenificadas, culturalizadas, puestas en escena, de nuevo, esta vez por un actor teatral. Así, dos escenas, dos partes, que parecían no tener mucho en común, comienzan a interrelacionarse, lanzarse mensajes a millones de años luz, y los impulsos de la una se sienten en la otra y viceversa, reflexionando, reflejándose, en perpetuo réfléchir.

Miéville pareciera querer advertirnos sobre la evidencia del núcleo del universo humano en tanto ya fue desentrañado por Platón y sus coetáneos en los albores de la civilización, ya que al réfléchir temático del diálogo hay que añadirle el formal. Sócrates y Calicles, los contertulios del Gorgias, también discuten largamente, y de hecho quizá este es el auténtico centro de la conversación, más secreto y oculto, por fusionarse con la naturaleza misma del acto en desarrollo, sobre la utilidad del diálogo en la resolución de conflictos. Sócrates busca y busca la refutación y la intervención interesada de Calicles, quien parece más pendiente de maquillarse o arreglarse las uñas que de atender a su interlocutor, dándole la razón a Sócrates a veces y a veces no, hasta el momento en que la conversación colapsa, como si fuera el coloso en llamas, y Calicles confiesa que no sabe de qué sirve hablar tanto si luego eso no sirve de nada para tener una vida mejor. Si hablar no sirve de nada, lo lógico es que Miéville corte a la segunda parte de su cinta, un desolado monólogo, donde Godard, como de costumbre, habla consigo mismo o, dicho de otro modo, se dedica a réfléchir cuando, tras el colapso del diálogo y el de la misma civilización, todo está perdido.

Pero queda resolver la ecuación misteriosa e imposible, y las reflexiones expresadas que han caminado paralelas al reflejo de su soporte (textos antiguos dichos hoy, teorías filosóficas monologadas y teatralizadas) cristalizan en la tercera parte de Nous sommes tous encore ici: un inagotable diálogo, largo como los milenios desde Platón, entre una pareja, cuyas palabras llenan los salones de su casa, el interior de su coche, los bosques que transitan, el tren donde viajan y las montañas que atraviesan, hasta llegar a un hotel cuando todo parece perdido, como hizo Rossellini o haría Kiarostami, donde se sigue hablando, de detalles enterrados en sus almas y de minucias como mezclar el vino y el agua, donde se abre el abismo en dos manos que se separan en un vestíbulo, un abrazo con las notas de un piano, para volver al salón con un simple corte, quizá apalabrado o soñado, quizá para cerrar paradójicamente una herida que no se puede curar con bisturís sino con palabras. Las heridas que se cierran hablando, ¿es eso el amor?

Seguiremos réfléchionando.

Nous sommes tous encore ici

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