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L’Alternativa 2014 (y 3) – #Miéville: Soñadores

Entre los muchos ejemplos (de hecho, alguien diría que todo son ejemplos) de aquella máxima según la cual toda película es un documental de su propio rodaje, Fitzcarraldo (íd., Werner Herzog, 1982) se erige como uno de los más destacados, por todo cuanto tiene de paralela la tarea emprendida por el protagonista del film y la llevada a cabo por el propio Herzog y todo el equipo en su realización, hasta el punto que destrenzar una y otra es tan complicado como inútil. No obstante, Fitzcarraldo también es un gran ejemplo de la vuelta de tuerca que podemos darle al lema en cuestión: toda película es una traducción descodificada (o, dicho de otro modo, real) de ideas monstruosas o, dicho de otro modo, la forma hasta el momento más exacta de hacer que se cumplan tus sueños. De entre los grandes cineastas, la mayoría, como el propio Herzog, Lisandro Alonso, Jean Renoir o Steven Spielberg, escriben traducciones de una perfección tal que asusta enfrentarse a construcciones tan minuciosamente bastidas y salvajemente personales. De entre los grandes cineastas, no obstante, hay uno en particular, Jean-Luc Godard, que siempre parece quedarse a media traducción, entretenido en otras cosas, a caballo entre la idea y su finalización, y ver muchas de sus películas es a veces algo comparable a ver un canal de pago codificado: las formas están ahí, la imagen está ahí, pero falta el acabado final, la puerta de entrada, y debemos conformarnos con la maraña de estímulos que nos llegan con una pureza tan extrema como cruda.

L’Alternativa 2014 programó, seguidas, dos películas que dan buena cuenta de esa forma esquiva y sumamente directa que Godard usa al expresarse, así como de los intentos de Anne-Marie Miéville por tender puentes entre imagen y espectador, entre sueño y realidad, y cómo Godard sabotea tanto como puede esos intentos. Dos películas, pues, que dialogan entre ellas, ya que ambas se construyen en torno a la distancia entre dos puntos, en una de ellas una distancia cultural, histórica y artística; en la otra, una distancia física, política y formal. Dos películas, también, en las que hay un diálogo interiorizado y constante, muy definido, de dos voces que se hablan desde diversos roles cinematográficos (el guión, las entrañas, vs. la dirección, la estructura, e incluso un pequeño golpe de estado en forma de papel en el film) así como desde una posición equidistante mediante las voces y el montaje. Dos películas entre las que media el tiempo entre un diálogo profesional, ideológico y formal y un diálogo emocional, amoroso, mucho más personal e íntimo. Una discusión entre dos activistas. Una discusión cuando ya son una pareja veterana. Godard tirando del lado de la furia, su verdad sin tapujos lanzada al espectador, ya sea mediante la agresividad y sequedad visual o la imprevisibilidad en el tono y el desarrollo del film, casi como si éste fuera una visualización cronometrada de su estado de ánimo, abatido o gritón según el instante. Miéville tirando del lado del sentido, preocupada por hacer llegar al espectador algo mínimamente comprensible para el espectador, un hueco por donde pueda colarse y acceder a esa gruta de las maravillas que con su compañero están excavando, una obra sin igual, en ningún sentido, en la historia del cine, y él dinamitando esos intentos, apareciendo a media película para destruir totalmente el flujo de ideas, obligando a un replanteamiento total, cortando la comunicación: los palacios de Esnapur, para él y sólo él.

Ella el libro, él el fuego. Ella el cable, él la tijera. Ella el cuerpo, él el ácido. Ella el alma, él el no. Ella Palestina, él París. Aquí y allí. Ici et ailleurs (íd., Jean-Luc Godard, Anne-Marie Miéville, Jean-Pierre Gorin, 1976). Ici et ailleurs y Prénom Carmen (íd., Jean-Luc Godard, 1983).

Prenom Carmen

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