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Mammuth: La nueva senda del elefante

Información

Título original: Mammuth
Director: Benoît Delépine, Gustave de Kervern
Año: 2010
Reparto: Gérard Depardieu, Yolande Moreau, Isabelle Adjani, Benoît Poelvoorde, Philippe Nahon, Bouli Lanners, Serge Larivière, Dick Annegarn

Detalles

El artículo fue publicado el 15 de noviembre de 2011. Guardado en Retrospectiva. Etiquetas: , , , .

El tándem Delépin – Kervern está abriendo una veda increíblemente extraña dentro del llamado cine social: a diferencia del trabajo de, por ejemplo, Ken Loach, en ellos la denuncia y el compromiso no van reñidos con un sentido del humor excéntrico y esquinado que marca un relevante punto de ruptura con otros títulos de intenciones, en principio, similares. Podría decirse que esa voluntad de dignificación de la clase obrera se transforma en mero vehículo narrativo a la hora de estudiar una suerte de comedia sustentada en la perplejidad y el desconcierto, un humor desnaturalizado, gélido y personalísimo que entronca en gran medida con las pautas del tan cacareado poshumor, entiéndase luego la etiqueta como se quiera. Aunque, bien mirado, no conviene obviar la naturaleza socialmente crítica de su cine: en su defensa de los más desfavorecidos, su mano resulta ejemplarmente dura, cínica e implacable. En Louise-Michel (2008), su anterior filme, homenajearon a dicha pensadora anarquista francesa facturando una película igualmente anárquica y terriblemente negra. En Mammuth (2010) vuelven a situarse en una similar línea de ataque, con suavizada negrura y considerablemente menos corrosiva, aunque alentada por esa misma rabia nacida de las injusticias del sistema capitalista.

Mammuth es tanto el personaje que tan sabiamente interpreta Gérard Depardieu como la moto en la que viaja. Y es, por supuesto, una clara alusión a ese animal extinto que representa la propia incapacidad del personaje para adaptarse al mundo cambiante en el que vive, regido por una serie de leyes y reglas, en ocasiones, decididamente absurdas. La simplicidad del personaje, incluso su reconocida falta de luces, serían producto de dicha incapacidad para adecuarse a las normas del sistema. Delépin y Kervern no maquillan nada, ni intentan forzar una simpatía fácil y gratuita -tipo hosco, bruto y en ocasiones egoísta-, sino que la (generosa) humanidad de Mammuth se desprende de su evidente franqueza a la hora de presentarse ante el espectador tal como es, con sus virtudes y sus defectos. La película adopta la estructura clásica de la road movie para poder ir desprendiendo progresivamente capas al personaje, que irá evolucionando de un estado vital marcado por el fracaso y la resignación, a una suerte de liberación o paz espiritual, no por recurrente menos satisfactoria.

En este viaje de Mammuth hacia sus raíces (cuyo objetivo inicial es la consecución de unos documentos laborales que posibiliten su digna y plena jubilación) la película encadenará una serie de estampas y personajes que hunden al filme en las aguas termales de la más absoluta extrañeza. Quien ya asistiera al humor anómalo de la dupla de directores en alguna de sus cintas previas, no se sorprenderá al encontrar una concepción del humor que apuesta más por la incomodidad y la extravagancia que por la carcajada llana y el gag universal. Prescindiendo de la risa amarga y las situaciones grotescas que convirtieron a Louise-Michel en una pequeña película de culto, Mammuth aboga más bien por una sucesión de viñetas amables, bienhumoradas sin llegar a ser abiertamente cómicas, que van forjando un clima no desprovisto de cierta amargura, de cierta tristeza, sin renunciar, incluso, a algunos registros procaces y/o escatológicos de los que invitan a arquear la ceja al cinéfilo gafapasta.

La habilidad para jugar con el plano fijo y el fuera de campo (o con lo que el ojo no ve, directamente) sigue presente, así como esa mano rota para desgajar emociones genuinas de las situaciones más absurdas (genial ese momento –que expresa una enorme desesperación, por otra parte– en el que Depardieu casi se ve impelido a subir a un autobús de ancianos del Imserso). Es aquí, en este territorio emocional, donde la película supera a las obras precedentes de sus autores, al menos para quien esto escribe: mientras que en Louise-Michel lo macabro de los hechos acababa produciendo un distanciamiento inevitable con los protagonistas, en Mammuth se percibe mayor sensación de humanidad, ya sea por la tierna y crepuscular música de Gaëtan Roussell, o por esa fotografía granulada, melancólica, que evoca veranos que se agotan y tiempos detenidos. La fantasmal aparición de Isabelle Adjani, ángel guardián de nuestro protagonista, conectará como una suave bisagra la vida partida de Mammuth, de repente llena de sentido: “Trabajé como un loco entre bobos, sólo para olvidar. Trabajé sin escuchar, sólo para mantenerme. Lo admito, y te digo ahora: mi vida era un infierno. Pero, gracias a mis musas, ahora sé que de aquí en adelante sólo trabajaré por amor”.

Directo, simple, pero desarmantemente lúcido, Mammuth-Depardieu encuentra su camino, y la película el suyo, a través de una modestia abrumadora: no hay escenas divertidísimas, no hay grandes palabras ni ambiciones intelectuales, pero sí una economía narrativa eficiente, una rara sencillez en el manejo de sus recursos que la hacen especialmente atractiva, además de muy eficaz en el contexto de la lucha de clases y la reivindicación de la clase obrera. Como las esculturas de Miss Ming (una de las musas de Mammuth y otra alma pura incapaz de encajar en el sistema), la película de Delépin y Kervern primero aturde y desconcierta por la originalidad de sus formas, pero después deja poso de cine noble y verdadero, poético en su singular idiosincrasia. Perdurable, en fin, pese a su carácter de agridulce miniatura cómica sin demasiadas pretensiones.

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