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Pegamento y clavos y chinchetas

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El artículo fue publicado el 1 de octubre de 2014. Guardado en Calidoscopio. Etiquetas: , , .

Sí, sí, por supuesto.

Sí, se trata de cromos, sí. Años, siglos, ¡toda una mañana!

Y también la orla. Y sobre todo la orla. ¡Ay de ese escorpión y de ese ciempiés!

O el metro en la mano como el hilo de leche en Vermeer.

O el pie apenas un instante en el aire. El pie perfecto de la Bella Mentirosa.

Y sobre todo las lámparas, qué bonitas las lámparas, encendidas o apagadas, qué vida le dan a un plano, ahí adelante o allí atrás, o su reflejo tapando otro cartel que no es sino otro cromo.

¿Para qué necesitamos los cromos y los carteles? ¿ Para qué los carteles y las postales, esas que alguno ponemos en casa en las paredes?

Esto a lo que jugamos podría ser eso, propuestas para una habitación habitable. ¿Qué imagen os gustaría tener ahí, al lado de la cabeza, mientras desayunáis, para quedaros mirándola por la mañana, con el café en la mano y en plena fuga?

O bien para que os salude y os dé fuerzas para seguir el día, o para que os inquiete y os cosquillee el alma.

Esta, por ejemplo, como uno de esos cuadros que uno mira y vuelve a mirar, porque es incapaz de verlo todo al mismo tiempo, si ves la soledad de Gertrud no ves nada más, si ves la del hombre no ves nada más pero, ¿y la línea entre las dos soledades? Y ¿cómo ver al mismo tiempo esa línea invisible y, una vez más, la lámpara y el cartel o postal o cuadro que media de un extremo al otro de la vida? ¿Y las flores? ¿Y esa estatua oscura surgiendo de la pared, y ese vaso blanco decorado? ¡Cómo quisiera coger ese vaso! Y no sigo, aunque no puede dejar de mencionar ese algo que entra ahí en plano, en la parte inferior derecha del encuadre, lo justo para ser visto sin ser reconocido.

Sí, desde luego, me gustaría tener este plano al lado de la cabeza por la mañana, mientras desayuno, y hacer el ejercicio de perderme en él, como quien hace gimnasia. O llevarlo oculto, en un cuaderno o en un libro, y abrirlo cuando nadie me mira, y volver a perderme. O por la noche, antes de dormir, para habitar mis sueños con lámparas y cuadros y soledades.

Pero también ¡ay! no sé…

Hay imágenes que no citaré pero que no me gustaría tener ahí por la mañana porque, al fin y al cabo, para qué, ya veré las mismas, más o menos iguales, sí, en el metro, inundando mi vida desde los carteles. (Hablo como si todavía fuese lo que brevemente fui: un recepcionista francés que pasaba más tiempo en el metro que en el cine, aunque tampoco mucho más.)

Pongamos otra imagen que mirar por las mañanas, o en un cuaderno, o antes de dormir. Una imagen con la que poblarse de un triste y suave cariño, un no se qué, que no deja que mis ojos miren más que hacia ti…


Mirar esta imagen y la sonrisa de Clementine, que sabe más, mucho más que el ceño preocupado de Wyatt, sabe qué es eso que media entre entre los dos, entre las dos soledades, que ya no es una línea ausente, sino un trapo real, una prenda, algo blando que pierde su forma en cuanto se aleja de los hombros de Clementine.

¡Y qué bien vestida va ella! Qué bonitos de ver los pliegues del guante en la muñeca, las asas cruzadas del bolso en el antebrazo, los encajes, el lazo en el cuello, y esas flores en el sombrero, y sobre todo esa cinta en el viento, que es como el borde del manto de la virgen en los viejos cuadros, en los bizantinos, y en Duccio, y en Simone Martini, y en tantos más, curvas peligrosas.

Sí, me gustaría tenerlo ahí, a mano, y verlo detenido, como un cuadro, yendo de un rostro a otro, y ahora el chal, y ahora el lazo, y vuelta a la sonrisa de Clementine. Así no se me olvidarían cosas que tan a menudo se me olvidan y no perdería el tiempo con tantas otras que me dan igual. O que me deberían dar igual.

O el pequeño Jamie, pero quizás para eso tendría que empezar por cambiar de vida, para poder responder por las mañanas a su pregunta muda. ¿Para qué vives?

O quizás bastaría con ponerla, sí, quizás baste con tener ahí esa mirada y entonces uno pueda seguir siendo el mismo. Las imágenes nos miran. Las películas nos miran. Nos preguntan cómo vivimos. Les respondemos, o nos callamos, o miramos hacia otra parte.

Las películas nos miran y quizás bastaría con esto, no lo sé, es tanta la inercia, son tantas las imágenes que diariamente intentan borrar de nuestra memoria a Jamie, y a Gertrud y a Clementine… y somos tan cómplices de ellas, de esos carteles en el metro.

Y tirando del hilo de las postales y de los cuadros y de los cartelitos, recuerdo ahora unos planos que ninguno de nosotros ha puesto:


Un beso, ni más ni menos. Nada de perder la mirada en un postalita por las mañanas o por las noches. Los iconos no están ahí para mirarlos, están para besarlos.

Una vez, en algún bar, pensé en hacerme productor, no más con una cámara, y organizar una película de breves episodios, algo así como “Postalitas os quiero”, dirigido cada episodio por una persona diferente, y con una única condición: todos empezarían con un plano de alguien que llega a una habitación y fija una postal en una pared. ¿Y entonces? ¿Qué pasa entonces? Pues de eso iría, de qué pasa desde ese momento.

Y quizás, se podría jugar a eso, coger un fotograma, imaginar que alguien lo fija en una pared, imaginar lo que sucede después.

Podría ser este, que no se acaba de saber lo que es, ¿una mujer? ¿la mano de un hombre que coge un hacha? ¿Ella se oculta del hombre que coge el hacha? ¿No os parece inquietante? ¿No vendrá esa inquietud de la cruz que forman el brazo y el tronco? ¿Por qué esa cruz? ¿Qué ha quedado señalado? ¿El lugar del tesoro? ¿El lugar del entierro?

Podría ser este, sí, el plano que desencadene la trama. En una habitación como las de La séptima víctima, una habitación para vivir sólo, muy sólo, un hombre o una mujer fija esta imagen en una pared, en la cabecera de la cama. Tampoco es tan raro ¿no? una cruz en la cabecera de la cama. ¿Recuerdo de sacrificios pasados? ¿Recuerdos del pueblo abandonado para llegar a esa ciudad y a esa habitación solitaria?

O quizás esa cruz sea una marca, sí, el lugar del tesoro, el lugar en que el martillo o el pico deberían agujerear la pared para encontrar algo, dinero o cartas o más postalitas, una marca dejada en la pared para que otro llegue más tarde y la reconozca, o quizás una pista que nos lleve a otro lugar, en cualquier caso una de esas pistas a la vista de todos pero que sólo una persona puede identificar, una manera de comunicar en secreto.

Decidme, sí, decidme, que creéis vosotros que puede anunciarnos esa cruz. Decidme, ¿qué puede salir de ahí? ¿Qué escorpión o qué ciempiés o qué Jamie o qué Gertrud o qué Clementine?

Pablo García Canga

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