Cineuá - Tu revista de cine

Perder la razón: Femmes je vous aime

Información

Título original: À perdre la raison
Director: Joachim Lafosse
Año: 2012
Reparto: Tahar Rahim, Niels Arestrup, Émilie Dequenne, Stéphane Bissot, Mounia Raoui, Redouane Behache, Baya Belal, Nathalie Boutefeu, Yannick Renier

Detalles

El artículo fue publicado el 11 de diciembre de 2013. Guardado en Actualidad. Etiquetas: , , .

Scarlatti, A. / Mentre Io Godo In Dolce Oblio by Bartoli, Cecilia on Grooveshark

La monstruosidad puede llegar a existir en las formas más cotidianas: lo familiar armoniza unos sentimientos de felicidad que pueden ser engañosos si escudriñamos con paciencia los pilares sobre los que se construye. No hay nada más monstruoso o increíble que el ver como una madre mata a sus hijos, ya no tanto la aberrante situación de matar con tus propias manos aquello que antes respiró en tus entrañas, sino ni siquiera llegar a entender cuáles pueden ser las malversas situaciones que empujen a una madre a tamaño acto de contra natura. Teniendo de actualidad (basta con poner la tele) casos concretos de progenitores capaces de quemar, degollar, o ahogar a vástagos de su misma carne, el punto de partida, basado ligeramente en un hecho real, que el realizador belga Joachim Lafosse toma como base para su demoledora y extraordinaria Perder la Razón (À perdre la raison, 2012), no debería resultarnos ni mucho menos sorprendente. En ella, Lafosse, insta con naturalidad a que el espectador sea testigo mudo de la historia de Murielle, una joven enamorada de un chico marroquí que vive bajo la protección de un médico belga, con el que acabará casándose y formando una familia siempre al amparo del padre adoptivo del marido. Nada más empezar la película vemos a Murielle en el hospital pidiendo que sus hijos sean enterrados en Marruecos, al momento vemos el plano de cuatro pequeños ataúdes entrando en una avión. De ahí, el director recurre a una grandísimo flashback en donde se cuentan los instantes de felicidad y enamoramiento de la pareja, la convivencia aparentemente normal con el médico, y los sucesivos nacimientos de los hijos.

Lo interesante de la película no es tanto el hecho de resolver cuales han sido los acontecimientos que han llevado a Murielle a una situación absoluta de descomposición emocional, y ni mucho menos entender o justificar los asesinatos, lo que prima es la coherencia del punto de vista y la composición metódica y transparente que el director logra gracias a la puesta en escena. Uno nunca siente la necesidad de empatizar con los protagonistas, por esto mismo, Lafosse erradica cualquier grado de implicación directa, el juicio de valor viene desde el silencio, de la atónita participación exterior como espectador. La cámara adopta una posición subjetiva, casi siempre colocada en los quicios de las puertas, en las entradas, en las espaldas de los actores, prolongando las distancias, y evitando entrar en la escena. Parece querer situarnos de simples observadores, para no tener tiempo de juzgar algo que de increíble nunca llegaríamos a entender. La claridad argumental sobrepone los esfuerzos de Lafosse por la exposición cinematográfica, tan natural como claustrofóbica, llena de encriptados primeros planos, o encuadres cerrados, irrespirables, que agotan y dejan una enorme sensación de tristeza. Prácticamente no existen los planos generales, si acaso solo uno, en el mar, donde Murielle se baña junto a su suegra, es probablemente la única vez que se dan ciertas sensaciones de libertad, coincidiendo con la felicidad parcial y momentánea de la protagonista, alejada del enclaustramiento habitual.

El terror, o como hemos dicho antes la monstruosidad, puede venir del sitio más amable, aquí la equivocada facilidad con la que el protector ayuda a los suyos convierte lo cotidiano en pesadilla. Sin embargo no intuimos signos preocupantes de desmorono o autodestrucción hasta bien resuelta la trama. Nada de atmósferas angustiantes, sino una holgada naturalidad que va poseyendo los rincones hasta darnos caza. Me ha fascinado la predisposición del director a eliminar los discursos moralizantes y esquivar constantemente el sensacionalismo, algunos confundirán esa intimidad – quizás porque lo íntimo acaba sublevándolo todo – , con una aprobación parcial de los hechos, o peor aún, una constante fijación documental, pero es en esa sutil faceta donde sacamos grandes resultados de un material altamente comprometido, peligrosísimo de manejar en manos perniciosas (por ejemplo las de Haneke en Amor, película con la que podemos, si queremos, encontrar parecidos artísticos).

Susan Sontag decía que hay que elegir entre la ética y la estética, pero no es menos cierto que cualquiera que sea la que se elija, siempre encontraremos la otra al final del camino. Porque la definición misma de la condición humana debe estar en la mise-en-scène propiamente dicha. La política del autor ligado sentimentalmente a la nouvelle vague es la de crear un campo gravitatorio alrededor del lenguaje cinemático, propagando discursos emocionales de un cine cortado con precisión, ayudado en la composición y en la insobornable naturaleza de la cámara. La estética, feista, pero estudiada y desarrollada, de Perder la Razón puntea la ética sin pisar demasiado los terrenos sociales: las diferencias culturales, el machismo del marido, la responsabilidad familiar, todas estas provienen disimuladamente de la estética, la cual impresiona y abarca las inquietudes del drama. Si en un principio nosotros estamos atentos y percibimos desde el exterior la psicología de Murielle: el agobiante cambio de actitud, la sigilosa manipulación de los hombres; y esperamos el momento y lugar apropiado para entenderla, Lafosse, en un bloque rupturista, se marca un terrible punto de inflexión (digamos el alma del autor), que nos hará de pronto cambiar de perspectiva. Concretamente la escena del coche en donde una demoledora Emilie Dequenne (hasta ahora he obviado el nombre de su protagonista para otorgarle la importancia que merece), canta una canción mientras se desmorona en un arriesgado plano sostenido,  y que pasa por ser, ya no solo una escena soberbia, intensísima, sino un claro ejemplo de como una gran actriz puede en la desnudez del plano fijo, comérselo todo si el director riguroso, y el espectador paciente, encuentran una comunión visual de la emoción a través del encuadre estático. Es la escena clave, la machada definitiva, el cambio de rumbo, la manifestación plástica de las posibilidades del cine emocional, que mediante la estética, alcanza la ética.

Recuerdo aquel maravilloso primer plano de Nicole Kidman en Reencarnación (Birth, Jonathan Glazer, 2004), donde la cámara quedaba fijada en el rostro de la actriz durante varios minutos. La cantidad de sensaciones y emociones que transmitía el plano de la Kidman mientras sonaba la música del teatro, son equiparables a la de Dequenne en el coche, ambas con músicas diegéticas para arropar, sin artificios o subrayados, la emoción y el dolor de dos mujeres acorraladas. Una en plano frontal, otra en plano de perfil, de un lado o de otro inflaman con espontaneidad el encuadre.

Claramente Perder la Razón es un film incapaz de denunciar, diseñado de una forma inteligente, hasta el punto que desvelar el desenlace en el inicio no es sino una autopista abierta a la franqueza. Desprovista de las trampas narrativas lineales, o de las sorpresas argumentales, Lafosse, arranca la piel del horror, poco a poco, sin imponerse metas apresuradas. Un pretexto para componer una sinfonía patética, un réquiem circular apoyado en fragmentos repetidos del oratorio Il Giardino di Rose: La Santissima Vergine del Rosario de A. Scarlatti, fusionados, muy bien por cierto, con imágenes cotidianas de la familia.

Innegables también las resonancias de tragedia griega, con ideas implícitas a la Medea de Eurípides, pequeños repuntes hacia esas madres de la mitología clásica capaces de las peores atrocidades. Durante la película Lafosse dispersa un aire para nada forzado de abstracción social, y es que aun tocando temas interesantísimos como el choque cultural, el papel de la mujer moderna en entornos arraigados, y la cárcel del falso bienestar, nunca intuimos peroratas demagógicas o signos de una postura concreta que tapen las grietas emocionales (acaso lo más importante) de Murielle (y repito que aun así el espectador siempre guarda una distancia espacial considerable). A lo mejor por eso, la imagen final de la casa (vista como resultado posterior a una valiente elipsis), al ser lejana (y estética) logra una potente funcionalidad (ética) que te deja hecho polvo, y vuelves al principio, ahora roto, paralizado, experimentando las mismas sensaciones que al despertar de una pesadilla, de esas que tardas varios segundos en tomar contacto con la realidad. Un mal sueño desenfocado y borroso en la memoria, pero horripilante y próximo al corazón. Lo malo, es que Perder la Razón es demasiado real como para no ser cierta, y demasiado cierta como para olvidarla sin cuestionarnos nada.

Los comentarios están cerrados.