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Sangre fácil: Joel & Ethan, uno más uno no son dos

Información

Título original: Blood simple
Director: Joel Coen
Año: 1984
Reparto: John Getz, Frances McDormand, Dan Hedaya, Samm-Art Williams, M. Emmet Walsh, Deborah Newmann

Detalles

El artículo fue publicado el 17 de abril de 2011. Guardado en Retrospectiva. Etiquetas: , , , , .

Una relativa independencia

La manifestación más clara de independencia artística es aquella en donde el creador tiene una libertad absoluta sobre su obra. Así debería de ser si nos abrazamos a la forma textual de producir arte sin restricciones, sin ningún tipo de domesticación que limite al autor. El cine independiente abarca muchas posibilidades sin poder definirlo en un estilo concreto. Su complicada interpretación sigue poniéndonos líneas contradictorias para explicar qué es realmente cine independiente. Lo normal sería llamar alternativas o libres a las películas rodadas al margen del sistema de estudios, con escasez de medios y ajustada financiación; pero tampoco sería un cine supeditado a temas, o asuntos propios del cine mainstream, sino con argumentos más críticos o experimentales, que traten realidades sociales, humanas y cotidianas, ausentes de la producción estándar. Su aspecto visual puede representarse sucio, arriesgado, más preocupado por el fondo de las historias que por su apariencia estética, pero si nos regimos por estas reglas estaríamos incumpliendo la principal razón de hacer un cine sin encasillamiento, con autonomía propia, y nos daríamos cuenta de que este mismo estilo atiende a una imposición,  igual o más rígida, que la del cine comercial, sin tener esa espontaneidad aparente que se le presupone al cineasta independiente.

Al margen de caer en generalizaciones y siendo conscientes de que hay diversos grados de autodeterminación a la hora de expresar el arte, es normal pensar en que cualquier realizador, tarde o temprano, deseará divulgar su trabajo para tener un reconocimiento popular por lo que ha hecho. En ese instante, en la búsqueda del éxito, es donde probablemente un director pierda su independentismo, y en eso nos debemos centrar, considerando gran parte del cine underground como una estrategia de mercado más que como una desinteresada demostración de principios.

Si repasamos la evolución del cine independiente veremos una degradación cada vez más mercantilista en sus intenciones y un acercamiento nada sutil a los cánones habituales de distribución. La productora Miramax, regida por la hegemonía de los hermanos Weinstein, borró la frescura del cine indie en los noventa y, un poco después, las grandes majors, Sony, Fox o Warner, exprimirían a través de sus filiales (Sony Classics, Fox Searchlight pictures y Warner independent)  ese nuevo patrón de negocio que les ofrecía el circuito de directores o películas independientes. Entonces incluso las estrellas más famosas estarían dispuestas a participar en ese tipo de películas para dar prestigio a sus carreras, y las distribuidoras encantadas de producir filmes que con un coste mínimo sacaran el máximo rendimiento en la taquilla. La culpa de esta reconversión no solo la tienen las majors estadounidenses sino los festivales o certámenes que poco a poco, y sin pudor alguno, han vendido sus armas al mejor postor, transformando sus intenciones culturales en plataformas de ventas con intereses claramente económicos.

Sundance, el antes y el ahora

Robert Redford puede ser uno de los tipos que mejor casen con el talante neoliberal del nuevo Hollywood, o quizás del no tan nuevo. Persona comprometida y declarado activista político, Redford es, sin duda, un grandísimo director (no tanto actor al que siempre he visto demasiado blando), que ha contado, y cuenta, con todos mis respetos. En 1980 dio forma a la idea de organizar una especie de academia o escuela que diera la oportunidad a futuros realizadores. Un instituto en donde jóvenes talentos aprendieran de profesionales experimentados y llevaran a cabo sus aprendizajes interrelacionándose con trabajadores del gremio. Cuatro años después esa gran escuela-taller se convertiría en un festival que diera cobertura a los primerizos trabajos de numerosos cineastas independientes.

Reconozco que nunca he sido un fan de este tipo de instituciones o festivales, y menos aún un experto en la materia, seguramente mis compañeros podrán dar un análisis mejor contrastado sobre la involución que ha manifestado Sundance en sus veinte y pico primaveras. Ahora mismo veo Sundance como una gran cancha en donde voraces ojeadores fichan sus estrellas de temporada. Un escaparate para satisfacer a un grupito de caza talentos o, desde el otro lado, el  trampolín —todos querrían deslizarse por el—  que usan los directores para dar su salto a Hollywood. No hay una inquietud filantrópica en Sundance sino un mercadillo de compra-venta, y resulta triste, muy triste, comprobar cómo todavía su importancia  sigue siendo decisiva en los circuitos de producción internacionales.

Apartándonos de esas extrañas mudanzas de ideales que han corrompido al estropeado Sundance Film Festival —son las reglas del juego—   y sin detallar las penosas cintas que han sido proyectadas en los últimos años —no merece la pena cebarnos con, por ejemplo, Precious (Lee Daniels, 2009)—  tengo que agradecerle al bueno de Redford que, gracias a él y a su festival, se han materializado muchos de los autores indispensables del cine USA contemporáneo. Una lista que incluye a Quentin Tarantino, Jim Jarmusch, Tom DiCillo, Steven Soderbergh (el chico poster de la generación Sundance, según el crítico Roger Ebert), Todd Solondz, Richard Linklater, Kevin Smith y especialmente, Joel y Ethan Coen.

Dos hombres y un destino

Los de Cahiers du cinema vaticinaron que se convertirían en el dúo de directores con mejor proyección mundial en la década de los noventa. Con su opera prima, Sangre Fácil (Simple Blood, 1984) lograron que el jurado de Sundance les gratificara con su gran premio y con Barton Fink (1991) Cannes les otorgó su codiciada Palma de Oro. Con Fargo (1996) la Academia les daba su primer Oscar como guionistas y al poco, No es un país para viejos (No country for old men, 2007) arrasaba concediéndoles estatuillas en producción y dirección. El recorrido de estos hermanos no es sino la demostración de los plenos poderes artísticos a los que un cineasta puede aspirar. Joel y Ethan Coen reproducen esa compleja doble identidad del autor considerado, que goza tanto de las simpatías del público como del apoyo de los críticos. Es lógico que su suerte haya suscitado las envidias (malsanas) de otros, pues no todos pueden convivir en ese ambiente —tan, tan, mimoso—  sin que la vorágine del éxito les devore. Los Coen son tan suyos que ni la consecución de la gloria ha podido cambiarles. En sus nombres está la verdadera casta del autor norteamericano que ha sabido utilizar la geografía de su país para describir los ambientes en los que han basado su corpus cinematográfico. Historiadores del ser o no ser de la cultura yanqui, el estilo coeniano se perfila gracias a los estados, regiones, y ciudades de esa América dispar y cambiante que han retratado en sus películas. Un retrato que es el de ellos, el de su personalidad, el de su carácter.

En Texas, cerca de aquí, tienes que valerte por ti mismo

Cuando me dio por ver Sangre fácil los Coen eran ya cum laude en esto del cine, la verdad es que no hace demasiado tiempo que la vi por primera vez, pero me sorprendió encontrarme con una peli de novatos tan bien cuadrada, con todas y cada una de las peculiaridades que los de Minnesota han espolvoreado en el resto de su carrera. Unos nerds descarados que desde cero apuntaban alto. Sangre fácil es un titulo iniciático pero taxativo, en lo visual y en lo temático. Lo primero que llama la atención es creernos a Frances McDormand de ligera femme fatale, algo que a priori, y sobre todo después de verla antes en Fargo o Casi famosos (Almoust famous, Cameron Crowe, 2000) me parecía difícil de tragar, pero la esposa de Joel Coen no solo está excelente sino convincente en su papel de esposa infiel y amante fugada, componiendo una recreación perfecta y beneficiándose de las mejores escenas de la película —todo el clímax final en el apartamento. Sin embargo, es evidente que los directores dan a su personaje una cierta ventaja moral, pues a pesar de ser la culpable de los acontecimientos McDormand acaba por imponerse como única heroína de la trama. Lo segundo es la forma en que los Coen trituran los géneros, dando por hecho lo que todos sabemos, su amor al neo noir, al fino ejercicio de estilo. En Sangre fácil hay toneladas de cine negro, e incluso de terror truculento, hay también un retorcido sentido del humor y bruscos giros argumentales. Y la verdad, todo suena bien, sin que prestemos excesiva atención a su moroso montaje o nos molestemos por sus copiosos guiños hitchcockianos.

Sin perderse en la vaciedad de unos planos imposibles, en Sangre fácil vemos un interesante análisis sobre la infidelidad y el engaño. Descomponiendo a la ambición humana se materializan ciertos estereotipos propios de la naturaleza Coen, esos seres miserables, ruines, que tanto tienen que decir en su obra. Un infierno de ventiladores de techo y de sudor tejano que abrasa como asfalto de carretera y nos impide confiar en la tentación del crimen perfecto. Un Texas polvoriento como escenario ideal para una pesadilla tremebunda y sangrienta donde nada es lo que parece.

Con tipejos así, que matarían a su madre por un par de billetes de dólar, y paisajes que despellejan la carne, los Coen se divierten, dando continuidad natural a las deformidades del individuo. Por buscarle parecido, Sangre fácil logra parecerse, y mucho, a Fargo, y, por lógica, a No es país para viejos. En las tres hay inútiles a los que los planes no les salen como les gustaría, unos asesinos incapaces de actuar con limpieza, torpes e imprecisos, pero brutales en sus acciones; y un clima dispar, sol, lluvia o nieve, de Texas o Dakota, del norte nevado o del sur fronterizo. Y de entre tanto me quedo con el principio, porque no podemos empezar sin él, por eso Sangre fácil me sigue pareciendo mejor que las otras, por su libre albedrío, por la improvisación de ese método expositivo  que a nada sería tan común en ambos y que aquí anda en insolente proceso de construcción.

Al fraccionar Sangre fácil uno puede atender con mayor atención a todos los detalles de su formidable equipo técnico. De mejor a peor están la fotografía de Barry Sonnenfeld, antes de la era Deakins y antes de que a este se le ocurriera pasar de operador de cámara —muy bueno por cierto—  a (mediocre) director. La música de Carter Burwell, el fiel compositor al que jamás han traicionado, o el montaje que hacen los mismos Coen bajo el seudónimo de Roderick Jaines. Por contar con esto, la ayuda de sus colaboradores, uno va haciéndose a sí mismo, porque no hay autor que se valga solo, tanto Joel como Ethan saben que dos son mejor que uno, que juntos valen más que por separado, que solamente la unión hace la fuerza.

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