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Hermanas: De Palma´s “horror picture show”

El hombre que mira

Miramos de reojo hacia toda parcela de intimidad que no sea la nuestra, espiamos escondidos en un impulso enfermizo que nos doblega a sentirnos espectadores de vidas ajenas. Mediante la observación nos inmiscuimos en los otros para ser parte del voyeur que todos llevamos dentro. La malsana curiosidad de conocer que ocurre detrás de una puerta, a través de una ventana, al otro lado de una habitación, vampiriza el deseo de contemplación y nos alimenta, ocultando los placeres culpables del mirón que pretende ver sin ser visto. Respiramos en un mundo lleno de huéspedes fisgones, unos tiempos en donde sin darnos cuenta, nos vigilan. Las redes sociales o los realities televisivos empujan cruelmente a esa representación del gran ojo que husmea, rastrea el comportamiento humano y borra cualquier rastro de privacidad. El cine es, por razones evidentes, un escudriñador desvergonzado por el cual los directores exploran la realidad agazapados por una cámara que les protege. Brian De Palma es uno de esos guardianes cinematográficos que disfrutan observando. El realizador contemporáneo con mayor debilidad por el movimiento es un ejemplo clarísimo de cineasta posibilitado para las tendencias voyeuristas. Unas costumbres que desde sus comienzos lo acercan al maestro Alfred Hitchcock y lo arrastran a la diversidad de opiniones.

Muchos solo veían en él a un descarado ladrón de ideas, un copista que ultrajaba el nombre del prestidigitador inglés, sin pensar que todo buen director tiende a ser un saqueador que roba por intrusión lo que los demás inventaron. De Palma ha mantenido su obsesión más allá de lo meramente anecdótico. Desde que siendo adolescente asistiera por primera vez a la proyección de Vértigo, su dedicación artística ha estado fomentada en continuar la línea de su modelo. Nos consta su fascinación por el orondo rey del suspense y su carrera, la mayoría de las veces en entredicho, suspira por prolongar las formas del alumno aventajado.

Pero en un principio los intereses de De Palma no iban precisamente encaminados hacia los arabescos hitchcockianos, ni tan siquiera al propio cine, ya que su primera intención profesional era la de licenciarse en física por la prestigiosa universidad de Columbia. Entremedias cambiaría de tercio y le entraría el gusanillo por el séptimo arte, abandonando su carrera de científico. De Palma cursaría entonces dos años de arte dramático y sería en esa etapa donde se contagiaría de las nuevas fundas experimentales del cine independiente europeo, en especial de la ola de jóvenes directores franceses que se rebelaron contra el cine academicista del momento, y que utilizarían su cámara para liberarse de las pautas narrativas convencionales. Eran los años de la Nouvelle vague y De Palma se sentía unido en espíritu a Jean-Luc Godard, François Truffaut o Alain Resnais en cuanto a pensar que la cámara hablaba en lugar de las palabras, y la narración pasaba por existir en base a una escritura de lo visual.

Estos acercamientos a la ideología de los chicos de la revista Cahiers du Cinéma explicaría los halagos que De Palma ha recibido -casi siempre- por parte de la prensa francesa especializada, en oposición a los ataques del resto de la crítica internacional, no muy dada precisamente a elogiar al director de Carrie. Afortunadamente este periodo no duraría eternamente y De Palma dejaría pronto los brochazos vanguardistas para decantarse definitivamente por el horror “a lo hitchcock”. Yo desde luego se lo agradezco, pues a pesar de que sus intenciones de trasplantar los esquemas de la Nouvelle vague y el free cinema británico al cine indie norteamericano eran interesantes, sus cintas –las de su etapa inicial- me resultan insoportables, tediosas. Su trilogía The wedding party/Greetings/Hi Mom! –todas interpretadas por un jovencísimo Robert De Niro– son de una bobería caduca que en nada se parecerán a sus siguientes proyectos. El primero, de una larga lista, fue Hermanas[i], una farsa psicótica con mucho jugo que sacar.

 


Unas siamesas fatales

Una de las frases más célebres de Brian De Palma dice que la cámara es un artefacto que miente todo el tiempo, de hecho miente 24 veces por segundo. Sin duda De Palma es un gran mentiroso, nos manipula en prácticamente cada película, y aun sabiendo la trampa argumental que nos tiene preparada, caemos conscientemente en ella. Jugamos con él a su juego, gracias a que está impecablemente hurgado. En Hermanas nos cuenta la historia de dos hermanas siamesas (Margott Kidder, la chica de Superman), que permanecieron unidas hasta su adolescencia. Después de una complicada intervención quirúrgica, las gemelas (Danielle y Dominique Blanchion) quedan definitivamente separadas, pero la operación no frena sus dispares personalidades: mientras una es dulce, alegre y educada, la otra es cruel, demente y peligrosa. Apenas transcurridos unos minutos de cinta ya sabemos cuál es el truco de guión que nos propone De Palma. Más adelante ese pequeño detalle dejará de importarnos, porque para entonces ya estaremos envueltos en las manos del realizador, y enganchados a una red trenzada de recursos cinematográficos.

De todas las escenas repartidas a lo largo del film, destacan sus brillantes títulos de crédito: en ellos se ven numerosos planos de fetos siameses acompañados por el score de Bernard Hermann, una forma más de acercarse a Hitchcock. Con el respetado compositor colaboraría dos veces, aunque su mejor compenetración vería la luz en Fascinación, última partitura de Hermann poco antes de su muerte. Aquí me gustaría abrir un paréntesis, contagiado por mi melómana obcecación por la música de cine, y es que considero a De Palma un director con especial gusto musical. Con esto se reafirma la teoría de que el cine es un medio audiovisual, y De Palma entiende que para hacerle justicia la importancia de la banda sonora es vital. Su mejor colaborador ha sido Pino Donaggio, con el que ha contado en seis ocasiones. Con el maestro Ennio Morricone en tres, con Ryuichi Sakamoto en dos, y con las batutas de Danny Elfman, John Williams, Patrick Doyle o Dave Grusin en alguna ocasión aislada. Puede que esto pase, a priori, inadvertido, pero es sumamente importante para entender la personalidad y voluntad de Brian De Palma. Imágenes y música expresan con determinación el lenguaje del plano, el desafío que busca el ángulo más difícil o el encuadre más extremo.

En Hermanas intervienen comedidamente todos los mecanismos de los que un manierista como De Palma puede llegar a valerse, emite una composición de alquimista usando las disponibilidades de la mise-en-scene y regando su obra con planos de aderezo, ya sean primeros planos, planos secuencia (en los que se perfeccionaría en el futuro), planos subjetivos, etc., o bailando con una cámara siempre en desplazamiento (travellings), y la peculiar introducción del Split Screen –pantalla partida– que podemos contemplar en una de las escenas más recomendables de la película, la del crimen llevado a cabo en el apartamento. Otro tema común en De Palma, y por supuesto aquí presente, es el de los problemas mentales, las distorsiones psicológicas de sus personajes, o los traumas infantiles. En eso me recuerda, lógicamente, a Hitchcock, pero también a Dario Argento, en cuanto a que se unen lo grotesco con lo demencial -típico del giallo italiano– y donde ambos actúan de titiriteros manejando los hilos de sus personajes.

Ya entrando en su parte final, De Palma se entrega, con todas sus ganas, al barniz de los delirios. Troquelando instrumentos surrealistas nos confunde en una pesadilla interior donde la hipnosis se viste de sueño intercambiable. Nos aclara, con evidencia, la causa – razón del problema de Danielle/Dominique, y libra la catarsis de su esquizofrenia. Una escena de incómodas texturas rodadas en un contrastado blanco y negro –al que recurre por segunda vez en la película– y que dentro de un clímax opresor de delirium tremens desembocará en otro antológico asesinato. Pocos instantes después, De Palma nos dedica una última escena (rodada en un único plano y que puede servirnos como epílogo) para rematar su faena de la forma más irónica posible.
Recordando Hermanas, los recuerdos asoman meridianos –Psicosis y La ventana indiscreta mismamente– y recordamos aquellas teorías –más bien necias, diría yo– sobre si De Palma es un artista o un artesano. Creo que ambas pueden ser simultaneadas, e incluso una puede derivarnos a la otra. De Palma, como artesano, moldea, deforma y trafica con los idearios de Hitchcock; pero como artista es un mercante complacido, el brazo ejecutor que pivota sobre su homenajeado para tallarse, piano piano, unas habilidades inconfundibles, un tatuaje personalizado. Es, De Palma, un esteta, un operario de la apariencia, pero es, por encima de muchos, un proyectista virtuoso.

 


[i] Sisters, Brian De Palma, 1973.

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