Cineuá - Tu revista de cine

Sitges 2012 (V): Espaldas mojadas

Sitges es un lugar especial, quizás más aún cuando el fin del mundo parece sobrevolar esta edición, o quizás esta pesadumbre globalizada ayuda a que esta edición haya sido, más que nunca, un refugio para todos los que hemos pasado por ella. Es verdad que el público de Sitges es un público mucho más entregado que el de la gran mayoría de festivales, como también lo es que la distancia entre la realidad y la ficción ha sido mucho menor que en anteriores ediciones, incluso en hipérboles como Lo Imposible (id., Juan Antonio Bayona, 2012), adscrita a hechos reales. Quizás la realidad se ha puesto tan a la altura de la ficción que hasta el found footage nos parece caducado, o quizás este mundo ya nos parece un espacio mucho más extraño que las películas. Sea como fuere, la metaficción ha tenido una presencia mayúscula en esta edición, junto con la sensación de haber vivido más intensamente la comunión del público con ciertas películas.

Prueba de ello fue lo acontecido en el pase de Spring Breakers (íd., Harmony Korine, 2012) del sábado por la noche. Buena parte de nuestros compañeros decidieron creer la efusividad que mostramos sobre ella desde Venecia, por lo que el pase se convirtió en una promesa que debíamos cumplir Korine y los hypers. El arranque del film es imposible que no sea aplaudido en Sitges pero, tras la ruptura que da pie a la trama, las certezas se diluyen y nace el miedo en torno a la casi docena de compañeros que tengo en mi fila y las posibles ganas de querer hacérnoslo pagar a la salida. Sensación similar tuve al presentar recientemente un corto en el primer pase con público: la seguridad hacia el buen trabajo hecho, pero la eterna duda de cómo la va a recibir el público. Y entonces ocurrió el milagro, con el incomparable sello de Sitges: el momento más brillante del film de Korine vino secundado por palmas al ritmo que James Franco cantaba el Everytime de Britney Spears y, al girarme, solo vi sonrisas en los rostros de mis compañeros. “Todo ha ido bien. Sitges sigue siendo nuestro hogar.”

Porque la cinefilia no se nutre únicamente de títulos, sino de momentos, de reacciones, de compartir con uno mismo o con el resto, y milagros como el de Spring Breakers para el cierre de un festival son los que le hacen a uno seguir creyendo que, si existe un mundo mejor, será el cine nuestra arma. Reconozco la cursilada que acabo de escribir, pero cuando alguien sale del visionado al grito de “¡Esto es cine!” uno solo puede recordar a Jaime Pena[1] y abrazar la celebración que supone para nosotros el cine, cómo a través de la ficción convertimos un momento real en algo eterno, importándonos una mierda si al mundo le quedan pocas horas porque hemos bailado junto a tres chicas en bikini y pasamontañas rosas al son de Britney Spears. ¿Y por qué nos empeñamos en valorar solo lo que ocurre en la fina tela sobre la que se imprimen las películas cuando la que realmente importa es la impronta en la retina en un momento y lugar concretos?

Algo similar ocurrió con Warrior (íd., Gavin O’Connor, 2011), cuando cada uno de los vibrantes combates que disputaban los protagonistas acababan con una sonora ovación por parte del público a ambos lados de la pantalla, como si lo que estaba aconteciendo en el film fuera real, como si la cuarta pared no existiese. Y en ese ejercicio visceral me descubrí subyugado por la potencia de la épica y el entretenimiento cuando del cine como acto social se trata, como si volviéramos a ser niños inocentes, o aquellos primeros espectadores asustadizos con La llegada del tren. Y ello no resta ni se solapa a las virtudes inherentes a Warrior ni a Spring Breakers, sino que las conectan directamente con nuestro tiempo, las hacen un poco más nuestras, que, quizás, es la razón de ser de la cinefilia.

Y la metaficción que creamos para equipararnos a la ficción encuentra también su eco en las habituales propuestas que juegan a crear una ficción dentro de la ficción, o en el found footage, elementos muy presentes en esta edición del festival. Lo vimos en el fragmento de Adam Wingard para ese pastiche mutante que era The ABC´s of Death (VV.AA. 2012), donde el propio director ficcionaba el proceso de creación de su corto para el film colectivo, mientras Martin McDonagh sí se lanzaba a su particular Adaptation (íd., Spike Jonze, 2002) con Seven Psychopaths (íd., Martin McDonagh, 2012) film sobre un guionista cuyo trabajo se empapa de la realidad a la vez que esta lo hace de la ficción. El fragmento de Wingard no pasa de la broma que pretende la gamberrada como conjunto, mostrando los vericuetos de un proyecto con semejante idiosincrasia, mientras McDonagh levanta una quimera donde lo interesante se haya en el choque entre capas y los fundidos entre ellas, el mismo ejercicio que se produce en Warrior con el espectador pero incorporado al aparato narrativo de su criatura, con la correspondiente reflexión (ciertamente tangencial) sobre el papel de la ficción en la realidad y viceversa. Bueno, y con Tom Waits, claro…

Pero hablar de viajes oníricos o del tópico de “la realidad siempre supera a la ficción” está el pase de Dracula 3D donde se premió la trayectoria de Enrique Cerezo. El simple hecho de ver a Cerezo recoger un premio de manos de Dario Argento ya supone algo digno del guion de alguna mente perturbada, pero a ese instante hay que sumarle el tributo a Cerezo en forma de video realizado con la suficiente desgana como para incluir errores de codificación y el escaso talento como para añadirle imágenes en movimiento. Por si fuera poco la ronda de discursos con parte del equipo del film resultó más que esperpéntica, alternando varias intervenciones de Cerezo con algunos sectores del público increpándole y un Argento con cara y palabras de circunstancias, esclavo de la financiación y de su trayectoria. Y con esos entrantes arranca Drácula 3D, un auténtico despropósito que se veía venir desde su tráiler a medio cocer, pero que finalmente acabamos por valorar como una experiencia memorablemente divertida, como una broma de la que nos quiere hacer partícipes Argento (¿de ahí el 3D?) y aceptamos gustosamente el envite para aplaudir cada uno de sus excesos y dislates. ¿Es tan diferente lo acontecido en ese pase, siendo inocuo, con lo que vemos cada día en las noticias cuando sus repercusiones tienen mucha más trascendencia? ¿Acaso no es Sitges donde podemos entender mejor cómo funciona Spring Breakers a través del sueño que arrastramos a los visionados y el cómo integramos films a las cabezaditas o los regurgitamos en ellas? Si a Cerezo le hubiera explotado la cabeza al recoger el premio no me cabe duda alguna que incluso Ángel Sala hubiera aplaudido.

Y luego está el caso de Apichatpong Weerasethakul, que se sitúa en todas y cada una de las opciones posibles, demostrando de nuevo, con su Mekong Hotel (íd., 2012), que el cine aun no se ha inventado. El film navega entre la realidad y la ficción a orillas del río Mekong, mostrando ya en su arranque al propio director escuchando atentamente Chai Bhatana (compositor de la banda sonora) tocar la guitarra. A partir de ahí los actores alternarán conversaciones sobre la situación política del país con fragmentos de ficción en la misma localización, como si ambas opciones fueran necesariamente complementarias, como si hubieran intercambiando significados en busca de una supervivencia recíproca, como si fueran esos vampiros que pueblan el film. Si durante gran parte del metraje vemos como los actores dan la espalda al espectador, es Weerasethakul quien se erige como el mago que nos revela el truco, que nos invita a participar en él y pasearlo tranquilamente, como sus personajes en el encuadre. Durante 50 minutos fuimos huéspedes de ese hotel para, finalmente, mostrarnos el río Mekong, atravesado una y mil veces por lanchas a motor.

Y como un hermoso sueño Sitges se acaba, toca volver a casa por sus inhóspitas curvas con música de Skrillex pero espíritu del Fred Madison de Carretera Perdida (Lost Highway, David Lynch, 1997). Quedan los ecos virtuales de lo vivido, el material digital capturado y las experiencias compartidas, en una amalgama mutante y adictiva que nos impele no solo a querer volver, sino a seguir amándolo. Somos cine porque las fronteras han volado por los aires, porque al borde del fin del mundo la verdad palidece y deseamos que la ficción tome el relevo. Todos éramos un poco más felices mientras veíamos Spring Breakers.  Todos somos un poco más tristes recordándolo.

 

 


[1] «es la mejor peli de la Historia del Cine, estamos todos abrazándonos», SMS de Jaime Pena publicado por Fernando Ganzo tras el visionado de Lung Boonmee raluek chat en Cannes 2010. Letras de Cine.

Los comentarios están cerrados.