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Sitges 2013 (1): Escape from tomorrow

Imagino que estáis pensando que arrancaré esta crónica hablando del infame film de Randy Moore pero, lo siento, no es el caso. A Sitges, nuestro paraíso festivalero predilecto, hemos llegado con el cuchillo en los dientes (pero bien ordenaditos) tras las limitaciones filtradas a través de las redes sociales sobre cómo iba a funcionar el tema de tickets en Sitges. Resignación era la tónica a la llegada, aunque con ese cuchillo bien afilado a la espera de más sorpresa que nos tenía preparadas la organización de este Sitges. Reíros de Grand Piano (Eugenio Mira, 2013), porque el auténtico suspense lo vivimos nosotros a diario.

Y ello lleva a que, tras conocer en qué rango de importancia se sitúa Cineuá para la organización de Sitges, nos sintamos más cerca de Bad Milo! que de Escape from tomorrow, un film (el de Jacob Vaughan) que destila mala leche a raudales y hermana a su co-protagonista con los avatares tuiteros de muchos periodistas acreditados. Muchos no superarán el trauma de este Sitges y dudo que vuelvan, porque el turbio futuro ya se ha sembrado (muerte al pijama), así que quedará abrazarse a ese tubo intestinal tan entrañable y esperar que algún brazo ejecutor haga justicia. Eso sí, para entonces, cual protagonista de Bad Milo!, tendremos un ojete talla XXL pero, a su vez, nuevos compañeros de fatigas, para poder recordar esta edición del festival con la nostalgia con la que se recuerdan las batallas, y podremos reunirnos como los personajes de Bienvenidos al fin del mundo y, quizás, repetir o morir en el intento.

En todo caso, y volviendo a Bad Milo!, el film de Vaughan no deja de ser un revival ochentero muy bien traído a nuestro contexto socio-económico, un divertimento ligero sobre el malestar diario no muy alejado de Magic, Magic (Sebastián Silva, 2013) en su punto de partida. Twitter es nuestra vía de escape en un contexto que nos hace sentir cada vez más frustrados, y Milo nuestro zafio reflejo trasnochado y porculado, el mismo que presentan los protagonistas de la nueva peli de Edgar Wright, un Bienvenidos al fin del mundo nostálgico y macarra sobre las pocas ganas de perder la capacidad de soñar por el camino de la madurez. Conocemos la fórmula, los guiños, los personajes, los actores, y casi todo lo que rodea la nueva propuesta de Wright, pero resulta inevitable habitar ese espacio habitado con cariño y dejarnos llevar por su, a ratos, ligereza, así como por eso pulsión aniñada propia de quién acumula ya suficientes buenos recuerdos como para permitirse ser nostálgico.

Wright se aferra a su trayectoria para arrancar formal y temáticamente de manera similar a sus inicios e ir incorporando poco a poco lo aprendido por el camino, desde la pericia para la acción como el uso de CGI masivo sin que el film deje de parecer el mismo, en una progresión casi necesaria, epatando con las ganas de sus protagonistas de convertir esa noche en memorable. Yvaya si lo consigue…

No se puede decir lo mismo de Grand Piano, el sonado film inaugural de esta edición del festival, que supone el tercer paso en la sólida carrera de Eugenio Mira. Probablemente esta última sea considerada su mejor obra hasta el momento, tratándose de un thriller vistoso con Elijah Wood y John Cusack al frente, pero entra en esa categoría estilística raptada por influencias y homenajes donde es difícil distinguirla de un mero salvavidas. Grand Piano usa un guion abiertamente tramposo para levantar un film hábilmente barato resuelto con vistosa forma, pero que, como conjunto, se antoja anodino, esquemático y falto de tensión. Y, para qué negarlo, odio a John Cusack, pero pese a ello (aunque sea prensa de pijama) Grand Piano no deja de tener virtudes mayormente heredadas y superiores a mis fobias.

Ahora bien, todos recordaremos a ese Elijah Wood frente al piano y al abismo como claro paralelismo al proceso de reserva de invitaciones al que estamos siendo sometidos la prensa, con madrugones estériles (en pijama, claro) para constatar tardes libres. Así, de rebote, nos vemos como los protagonistas de The Battery (Jeremy Gardner, 2013) pululando por el paraje semidesierto que supone Sitges mientras las pelis suceden en las salas, trapicheando con las pocas invitaciones conseguidas por unos pocos, a merced de las sobras y las buenas voluntades. Y con el mismo cuerpo nos deja el film de Gardner, tan curioso como voluntarioso, con su marcada estética Z y su intencionada falta de rumbo, situándola en ese “sí pero no” de las pelis condenadas al olvido. Rareza y presupuesto parece que se han convertido en sellos de garantía, en marca, sin importar resultados porque sí o sí habrá un público agradecido.

Tiempos convulsos donde damos gracias por todo, donde medianías se convierten en hitos y veinte invitaciones en un favor. Tiempos de supervivencia, de nubarrones en el horizonte y quién sabe si despedidas, porque si Sitges es especial para los que llevamos más de una década viniendo es por sentirlo como un segundo hogar. Pero desde The Battery nos anuncian que quien permanece estático, muere, por lo que quizás va siendo hora de la movilidad externa.

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