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Sitges 2013 (4): Huellas, deseos

¿Qué es más sincero, querer o tener?

He vuelto de Sitges con esa tonta alegría (pese a todo) por haber adquirido dos hermosos packs de películas a un precio risible. Se suma el hecho que, además, soy completamente novicio en lo que a las filmografías de ambos directores se refiere (pecados inconfesables, por otro lado). Sí, obviamente contento por la calidad de ciertos films y la tremenda experiencia con mis compañeros, pero ese aspecto queda meramente relegado al recuerdo, mientras que ahora mismo puedo redactar este texto acompañado de esos dos packs, sintiéndome a gusto teniéndolos cerca. ¿Nunca os ha pasado con ciertos objetos que su mera presencia os hace algo más cercanos a la felicidad? Ya saben, ese infecto materialismo del que es tan complicado escapar incluso en plena era digital.

Por otro lado, Sitges me ha dado la oportunidad de desvirtualizar a un buen puñado de compañeros a los que meramente conocía por su perfiles en las redes sociales, afianzado a esa máxima de la supremacía de lo físico frente a lo virtual que choca de pleno con el materialismo que antes mencionaba. ¿Acaso no se trata de la misma gente? ¿O la posibilidad de un Catfish invalida todo lo 2.0? E incluso si fuera el caso del film de Joost y Schulman, ¿no son más auténticos los anhelos y las proyecciones que el contrato social? Si el cuerpo es meramente un vehículo, ¿qué importancia puede tener en plena era digital? Yo no tengo respuesta a esta cuestión pero sí sé dos cosas: la primera es que ese tema ha tenido una importante presencia en esta edición de festival; la segunda es que, sin apenas ser consciente, Google me ha guardado en la nube todas y cada una de las fotos que tengo en mi móvil.

Una de las constantes genéricas en esa temática siempre ha sido la posesión, algo bastante ausente durante el festival para dejar paso a propuestas que dan una vuelta de tuerca tanto al dopplegänger como a la clonación o, digitalmente hablando, la copia. Ese sería el caso de The Congress (íd., 2013), el nuevo film de Ari Folman, donde Robin Wright se interpreta a si misma en una trama que gira en torno a la digitalización de su imagen para uso eterno, con la consiguiente jubilación de la actriz. Ese es el punto de partida de The Congress, que a cada plano agranda su discurso y su profundidad, que explora la imagen real y la animación a través de las réplicas de Robin Wright y que acaba por convertirse, en su última escena, en una obra de una belleza e trascendencia incontestables. Para muchos el discurso queda claramente posicionado a favor de lo físico, a la par que comentan que el film baja enteros en las partes animadas (¡de ahí su grandeza!) aunque Folman, hábil, deja esa última bala para la última escena, sus motivos para poder elegir ser quién queramos ser. En todo caso, lo que arranca como un drama deriva en una distopía animada, como si ya no existiera espacio para la individual, como si todo lo que nos rodea estuviera condenado a acabar en la nube.

Upstream Color, segundo film de Shane Carruth tras Primer (2004), explora ese concepto de cuerpos como recipientes a través de un propuesta que juega al baile de identidades. En ella veremos marionetas manejadas al antojo de su protagonista, a través de las cuales Carruth explora (o lo intenta) aquello que nos hace humanos, en esa especie de transmigración de identidades similar a la descarga de archivos que, a diario, realizamos. Eso convierte los cuerpos en meros soportes para Carruth, vehículos a través de los cuales las voluntades pueden ser manipuladas, una suerte de marcas blancas cercana a la labor del mass media.

Gallows Hill (Víctor García, 2013), por el contrario, opta por la versión más habitual de esa apuesta, construyendo su trama en torno a una posesión, haciendo mucho más patente la ruptura (y, de paso, su posicionamiento más clásico a esa dualidad entre cuerpo y mente). No resulta casual que, con ello, el film resulto mucho menos atractivo que las antes mencionadas, sin intención alguna de ir más allá del género, algo que sí consigue Proxy, segundo largo de Zack Parker. Proxy hace girar su trama sobre tres personajes que van cobrando protagonista a medida que el director parece querer dar sentido a las pulsiones básicas de la clase media contemporánea, pero siempre respetando las reglas del género, consiguiendo un contundente puñetazo al espectador con un retrato del desasosiego. Esa relación de efectos lleva a crear una pseudo-narrativa emocional que, sin dejar de lado la construcción de personajes, no deja de equipararlos como si de un mismo ente se tratara, ampliando así su discurso a nuestro contexto sociocultural, huyendo de lecciones morales.

Libre de lecciones morales y, al parecer, de las etiquetas que se había ganado a pulso, se presentaba James Wan con la secuela de Insidious en forma de lápida. Insidious: Chapter 2 retoma la original donde la dejó, afianzada también en la temática de posesiones pero mucho más valiente ya no que Gallows Hill sino que la propia Insidious, optando por expandir su trama a través del otro lado de la posesión con personajes que ya no solo interactúan entre dimensiones, sino que vuelven a la primera entrega, al pasado/presente y a todo lo que podáis encontrar plausible. Así Wan consagra la desgracia para los amantes del género pariendo una obra mastodóntica antes de partir hacia arcas más generosas, dejando en esta secuela el mismo mensaje sobre esas almas muertas que pululan sin cuerpo. Eso sí, no sin antes plasmar un problema de comunicación, como si Insidious: Chapter 2 fuera el retrato de la generación que dará el salto a la nube, como los últimos cobardes.

Y si bien estos films han hablado del cuerpo como continente, Enemy se acerca más a The Congress a través de su adaptación de la obra de Saramago donde su protagonista topará con un hombre físicamente igual a él. Villeneuve entonces pone la maquinaria en marcha para convertirlos en equivalente, jugando ligeramente al despiste para que el espectador aprenda a identificarlos en su entorno, a través de sus actos y, finalmente, a través de sus deseos, donde se consuma el auténtico anonimato confeccionado en Enemy. El film del canadiense no deja de apoyarse en esa fórmula del “qué pasaría si” tan atractivo, pero liberándolo de artificio en tanto los personajes no deben esforzarse demasiado por suplantar la identidad del otro, ya que (aquí está el discurso) nuestra sociedad se ha construido sobre imágenes, el equivalente contemporáneo a la identidad. Y si bien los azares de la probabilidad a nivel celular permiten dos copias exactas, ¿qué hay del resto? Aislando esa variable Villeneuve disecciona a su dupla protagonista (Gyllenhaal por duplicado) para concluir que toda identidad es susceptible a su abanico de opciones y que, eventualmente, bajo las mismas circunstancias, todos optamos por el mismo camino ya que somos indistintos, la misma mosca en la tela de araña.

Podría decir que ese mismo anonimato es el que hemos sentido desde la organización del festival en su trato a la prensa, pero eso es algo que poco o nada tiene que ver con el cine. Id a ver The Congress con alguien a quien améis, es el mejor consejo que sacaréis de este texto, mucho más sincero que mi torpe cuerpo.

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