Cineuá - Tu revista de cine

Sitges 2014 – Capítulo 1: Slenderman

– Anoche soñé que eras un dragón.

– ¿Cómo un dragón? ¿Uno de los de toda la vida, como los de Juego de tronos? Si era uno de esos, ¿cómo podías saber que era yo?

– No no, de los de toda la vida no. En el sueño, yo sabía que eras un dragón, pero realmente eras más un reptil con forma de hombre. Sabía que eras tú porque querías quererme, pero me dabas asco y también miedo, y creo que al final conseguíamos estar juntos, pero no me acuerdo, aunque sí sé que pasaban muchas cosas en el sueño.

– Yo también he soñado algo, y también he pasado miedo. ¿Te acuerdas de aquel libro que te conté que mi madre me leyó cuando era pequeño, aquel que no sabíamos de dónde había salido y que acojonaba bastante?

– ¿Te refieres a un cuento? Ay ay ay, no me lo digas… Jo, si es que me voy a acordar cuando me lo digas tú, pero espera espera… ahhhhh, Ba Ba Dook Dook Dook…

Cuando Samuel lo escuchaba aún sentía el horror, pero sobretodo podía verlo: negro, esperando como la muerte que viene a rondar desde la infancia, como un acreedor del miedo, siempre gritando, ahogado en su propia sangre, tanta y tan espesa que al tragarla e intentar hablar, un solo balbuceo se hace audible: Ba Ba Dook Dook Dook…

– Ehhhhm, sí, ese. ¿Te acuerdas de la historia que contaba? La del niño que veía al monstruo negro noche tras noche, cada vez más grande.

– Bueno, era algo así como el hombre del saco, ¿no?

– No no no, hay una diferencia crucial entre Babadook y cualquier otro monstruo para asustar a los niños. Babadook usa los métodos propios del miedo infantil pero su objetivo real son los adultos, porque sabe que el niño puede ser protegido por sus padres pero que si neutraliza a los padres, llevárselos a todos es extremadamente fácil.

– Pareces saber mucho sobre él… Pero nos estamos desviando, ¿qué has soñado?

– Ha sido un instante, en duermevela, ni un sueño. En el mueble del salón, una mujer joven, no sé quién, tenía fugaces espamos que la hacían retorcerse muy rápido. De golpe, un manto negro la envolvía, y esa sombra seguía retorciéndose, y algo terrible sucedía.

Samuel se despertó con el agrio recuerdo de una larga conversación la noche anterior. Como siempre, se dio la vuelta para dar los buenos días a su novia.

– Ba Ba Dook Dook Dook…

Carlos y Toni nunca se habían caído demasiado bien. Había entre ellos una innegable atracción pero se odiaban, y a espaldas del otro, se criticaban sin parar. Algunos de sus amigos no entendían cómo podrían seguir viéndose y follando no ya cuando se parecían tan poco, comenzando por la edad, sino cuando su animadversión mutua era tan manifiesta.

– El problema de Toni es su mirada, ida, casi borderline, de inútil. A veces me asombra cómo es capaz de tener la misma expresión al correrse que al hacer un examen.

A decir verdad, Toni no era muy dicharachero, se podía decir que mentía y decía la verdad al mismo tiempo, o todo lo contrario. Le gustaba el cine, y filmar a la gente. A Carlos le gustaba bromear con que Toni tenía un objetivo en la vida, LITERALMENTE. Era imposible saber si el hecho de filmar sus encuentros con Carlos era oportunismo, egocentrismo o simple satisfacción de su buche emotivo. Para gustarle el cine, Carlos pensaba que Toni transmitía muy poco.

Lo que Toni pensaba, no podía saberlo nadie.

Un día, tras diversos encuentros, quedaron en un bonito parque. A Carlos aquella cita lo tenía muerto de curiosidad, ya que por fin el opaco Toni le había prometido contarle quién era realmente. Si Carlos hubiera vivido lo suficiente, hubiera sabido lo que los medios dijeron de Toni unas horas después: un joven perturbado le había abierto la cabeza a un hombre de mediana edad a plena luz del día, y antes de que lo detuvieran había cercenado la cabeza del hombre a dentelladas. Loco, perturbado, asesino, sociopsicoecopolinaturópata.

Sin embargo, lo que Toni pensaba, no podía saberlo nadie.

– ¿Has visto Samuel? El tarado aquel que destrozó a su profesor ha declarado que lo hizo «por amor».

Los comentarios están cerrados.