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Sitges 2014 – Capítulo 3: La Seducción

– Anteayer me encontré a Sergio y Oriol, ¡hace meses que no los veía!

Sergio y Oriol habían llegado desde Corea del Sur hacía cinco años, y a pesar de que habían nacido allí, nadie sabía a ciencia cierta sus nombres, ya que ellos no los decían. Samuel pensaba que era por esa extraña costumbre de los asiáticos de ponerse un nombre español, seguramente debida a la dificultad de pronunciar y aprenderse nombres tan diferentes, aunque Samuel también pensaba que tenía algo de dominación encubierta, como en la época de los romanos, ya que nuestra española pereza nos impedía dedicar un mínimo esfuerzo a aprendernos los nombres de los chinos, coreanos en este caso. Ella en cambio intuía, por lo que los chicos le habían contado, que huían de la represión, que tanto era la de su propio país como la de su propio pasado, y aquello la entristecía enormemente, puesto que sentía que su nostalgia tenía visos de terror, ya que si ellos recordaban sentían añoranza, sí, pero también miedo, aunque los chicos nunca hablaban de lo que allí habían vivido.

La brutalidad de su adolescencia los convirtió en dos personas opuestas, atraídas sin duda por la curiosidad y la necesidad, cada una de ellas por un lado diferente, aunque la necesidad de ser curioso y la curiosidad al sentirse necesario se daban la mano en aquellos génesis de miradas que nunca eran bidireccionales. Los dos habían crecido sin padre, o sin referente paterno para ser más exactos, y aunque en ellos no anidaba el odio contra su ascendiente, sí había una masculinidad impostada o carente que necesitaba ser puesta en verdad por el otro. Se amaban tanto que no se lo decían nunca y sin embargo la mera intuición de daño en Él los llevaba a un colapso casi paralizante. Sentir fue lo que no se les perdonó, sentir en positivo, sentir de forma altruista: allí, palabras como preocupación, cariño, dolor, atracción, alegría, confianza, la mera escritura de todas ellas ya consiste una traición a la verdad. Allí esas palabras no existían y como nadie se las había enseñado, los dos chicos hacían lo poco y mejor que podían: sentarse juntos, reclinar la cabeza, nadar, tratarse como amigos, devolverse los favores. Hacían fotos porque a donde no llegaba el breve diccionario de la belleza las imágenes se hacían fuertes, y así un atardecer no era sólo una forma poética de expresarse amor sino sobretodo una forma de expresar y recordar, materia cruda y sin contaminar por los condicionantes inútilmente estudiados. Si habían un problema con todo aquello, desde luego también era social, pero por encima de todo era visceral. Quien siente asco de ver a dos hombres, sentirá asco siempre, de la misma forma que quien odia a los perros los odiará por mucho que el dueño diga «no hace nada, no muerde».
En aquel clima de zoológico, los dos chicos disfrutaban, como lo hacen los animales enjaulados, de aquellas ventanas de realidad condicional que se les permitía: tuvieron suerte de fotografiar aquellos momentos, puesto que en su memoria, se mezclaban con el pánico circundante, y en el encuadre de la imagen siempre parecían perfectos, inmaculados, como si todo aquello fuera normal. La normalidad, pensaban ellos, sería tener una seguridad ontológica de que, al besarse en público, nadie los mirara, pero incluso en la distancia, a miles de kilómetros, el miedo, el escalofrío, al cerrar los ojos para evadirse en el otro, jamás se iba, y aquella pedrada en la nuca seguía martilleándoles las cabezas como si fueran piezas de acero al rojo vivo puestas en un yunque. Clap, clap, clap.

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