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Sobre #PesadillaEnLaCocina y #MasterChef

Al principio, una pregunta esencial, a la que responderemos justo al final de este texto: ¿Por qué tienen tanto éxito y cuota de pantalla en televisión los programas que tienen como argumento la cocina? Pero, concretamente, los que se muestran como reformulación de esa formula clásica en la que un cocinero enseñaba a cocinar a los espectadores todos los días del año (tipo Karlos Arguiñano, sin ir más lejos). Los programas de cocina han mutado hacia dos formas tan sorprendentes como diferentes: si antes fueron las mañanas (antes de la hora de la comida, alrededor de las 13:00), ahora son las noches (después de la cena, a eso de las 22:30). Si antes se emitían como un serial, todos los días de la semana, ahora solamente uno. Estamos hablamos de Pesadilla en la cocina y MasterChef.

En el primero, Alberto Chicote, un chef con una personalidad de hierro, y vistiendo camisas de diseño, acude a restaurantes a la deriva, a punto de cerrar, con graves problemas de convivencia entre los dueños y los trabajadores y que, pese a ser un “espacio real”, abierto al público, donde se supone una profesionalidad, en realidad, todo resulta bastante amateur. En una primera fase los observa, toma nota de cuales son los problemas. En la segunda, actúa. Les da las pautas de comportamiento, de organización de la cocina y servicio, pero sobre todo interviene como psicólogo de unos empresarios con graves problemas  de autoestima, seguridad en si mismos o que simplemente no han sido capaces de superar la adolescencia. En una tercera fase llega la transformación: ordena a su equipo que pinte y redecore el local, y ofrece una carta nueva, rica y variada con la que reflotar el restaurante.

En Masterchef, estamos ante una formula bastante diferente. Aquí una serie de concursantes, todos ellos cocineros amateurs, que tienen una profesión muy diferente a la cocina, llegan al programa con la intención de aprender para ganar una 100000€ y la posibilidad de escribir su propio libro de recetas. Cada semana uno de ellos es expulsado del programa tras pasar por tres pruebas diferentes. La primera consiste en cocinar el plato que dicta el jurado; tres chefs de éxito, con estrellas Michelín, pertenecientes a tres generaciones diferentes; Jordi Cruz, Pepe Rodríguez y Samantha Vallejo-Nájera. Los dos mejores serán los capitanes de la segunda prueba, grupal. Cada uno escogerá a su equipo y elaborarán un menú en un sitio turístico de España para una gran cantidad de comensales. El equipo que gana se salva y no tendrá que realizar una tercera prueba de eliminación, en la que se enfrentan todos contra todos elaborando un menú propuesto nuevamente por el jurado. El peor, a juicio de este jurado, se va del programa.

Pesadilla en la cocina en la actualización de un programa americano con título homónimo, que podía verse en un canal de documentales. Master Chef es un programa británico cuya formula triunfa en varios países de Europa. Dos concepciones, por tanto antagónicas que enfrentan dos maneras de ver la vida, tan propias de cada continente dentro del que han nacido. Por una parte, la del héroe que llega para arreglar las cosas, para resolver un conflicto y poner todo en marcha de nuevo. En el extremo contrario, la idea de la academia europea, donde el iletrado llega para conocer, para aprender, para recibir un conocimiento. Parecen dos conceptos distintos, pero en realidad ambos programas pretenden lo mismo. Por una parte registrar un cambio de nivel, el abandono del amateurismo del “trabajo” en la cocina. Por otra, reformulando el concepto de “reality”,  para seguir el proceso personal, íntimo, de adquisición de conocimientos y maduración interior que van experimentando cada una de las personas que protagonizan ambos espacios televisivos.

Pero detrás de todo este mecanismo que se muestra claramente en ambos programas, me parece interesante acercarnos a la operación que ambos realizan de manera más sutil y velada, y donde nace la verdadera reformulación que venimos apuntando: la utilización de la recetas de cocina. Tradicionalmente, los programas de cocina tenían un impulso didáctico. Un cocinero, sobre todo, trabajaba alrededor de una receta: mostraba los ingredientes, las cantidades y enseñaba como finalizar el plato. Todo esto, ahora ha quedado desplazado de la pantalla. Las recetas se pueden leer en las webs de los programas o en los libros de cocina que editan. A los “concursantes” de ambos programas les vemos cocinar, pero en el directo no sabemos nada de lo que están haciendo. Apenas se dan unas cuantas pinceladas de lo que se va a hacer. Podría pensarse, por tanto, que estos programas no son más que meros realities: creo que nada más lejos de la realidad. En ambos se escenifica algo más serio; una puesta en juego de la manera de olvidar el poder del documento; una receta, antes que nada es un documento que pasaba de generación en generación. Una forma de comunicación intergeneracional, una manera de narrar una experiencia y un modo de hacer las cosas.  En estos programas, por tanto, ya no pasa ese pasado, se juega alrededor de él. Chicote, toma lo más cercano de los lugares a los que va, los sabores de la tierra, para darles un toque fresco y atractivo utilizando el filtro de su experiencia. Los concursantes de MasterChef improvisan sobre la marcha, sobre el recuerdo que guardan de recetas tradicionales que conocen para edificar las “creaciones” que les permita salvarse de la quema.

Mientras se emiten estos programas en televisión, se ha estrenado en los circuitos comerciales de las salas de cine, La imagen perdida (L’image manquante, 2013) de Rithy Panh. El director camboyano trata de buscar las imágenes de su infancia (perdida) en los campos de trabajo camboyanos bajo la dictadura de Pol Pot. Sobre todo los temas a lo que se acerca la película sobrecoge la manera en que el director narra su experiencia alrededor del hambre que pasó. Se podría decir que no recuerda muchas más cosas que el hambre, el frió y otras condiciones que rodearon su existencia allí, por encima de las vivencias con las personas y las imágenes que guarda de su familia asesinada. Sin duda, el hambre era una forma de poder. Los Jemeres rojos controlaban a la población trabajadora racionando y gestionando los apenas 250 g de arroz que disponían diariamente cada una. Resulta espeluznante la manera detallada con que Rithy Panh relata el hambre que pasó, como se al pueblo nuevo a través del estomagado.

Evidentemente, no trato de relacionar estos programas de cocina con los usos del hambre que el “poder” puede articular hoy. No se trato de pensar que en un tiempo de crisis estos programas venden, que el hambre está totalmente superada. Me interesa la manera en que trabajan sobre el pasado que toman como motivo, enfrentándose a modos arcaicos de relación con un pasado como el ánima la película de Panh. La imagen perdida pretende, por encima de todo, construir un documento del acontecimiento. El director Camboyano, al igual que Claude Lanzmann o Jia Zhangke pretende que el pasado no pase, que quede mineralizado de generación en generación como referencia de una barbarie. Por el contrario, Pesadilla en la cocina y Master Chef, programas vanguardistas dentro del panorama audiovisual del momento, “bailan el documento”, para dar salida al pasado de la cocina. Los platos no son platos, son la escenificación de un modo de redistribuir la sensibilidad de una cultura. Este gesto, en realidad, aunque parezca vanguardista, aunque todo esté recubierto de un halo de modernidad (dada la novedad de los platos) es una vuelta a los orígenes de lo que debería ser la cocina. Es decir, la transmisión del mero hecho de cocinar por encima del plato cocinado: es decir, articular una tentativa para que el espectador se mueva, actúe, piense en la manera sobre como puede modificarse ese “pasado total” que componen las recetas de cocina. Se enfrentan, en definitiva, a esa concepción que venden directores como los enumerados un poco más arriba de individuos como meros receptores y trasmisores de un pasado que ya ni pasa ni traspasa.

Paradojas: Tanto Rithy Panh, Claude Lanzmann y Jia Zhangke, como Pesadilla en la cocina y Master Chef, tienen que traicionar la materia con la que trabajan para desplegar su operación. Los primeros tienen que conseguir que el pasado que los ha traspasado, no pase. Los segundos deben hacer que el pasado que no pasa, traspase.

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