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The Grandmaster: El respeto

Información

Título original: Yut doi jung si
Director: Wong Kar-Wai
Año: 2013
Reparto: Tony Leung Chiu Wai, Zhang Ziyi, Zhao Benshan, Chang Chen, Brigitte Lin, Zhang Jin, Song Hye-kyo, Wang Qingxiang, Cung Le, Lo Hoi-pang

Detalles

El artículo fue publicado el 22 de enero de 2014. Guardado en Actualidad. Etiquetas: , , .


La democracia, el siglo XXI, todas las revoluciones.

Como quiera llamársele, lo inmediato nos trajo

la opción de renunciar a algo ya hace siglos:

la capacidad de sumisión.

Cuando olvidamos el sometimiento,

despedimos a la libertad más absoluta,

la que nos permitió decirle al enemigo:

“Sí, me has derrotado.”

 

Durante un reciente viaje que hice a Oporto, cada día, camino del apartamento donde me hospedaba, pasaba por una ancha y céntrica avenida llamada Rua Mouzinho da Silveira. Para mí, aquella calle se transformó en el espejo del presente económico y material que habitamos. Repleta de tiendas cerradas y fachadas descuidadas, lo que llamaba la atención en ella no era tanto lo decadente de su situación como el hecho que nadie parecía tener la más mínima intención de devolver a la Rua Mouzinho da Silveira su seguro antiguo esplendor. Recuerdo que poco antes de llegar a la esquina que, doblando a la derecha, desembocaba en la pequeña subida donde se encontraba mi apartamento, había un restaurante de comida china, al que nunca entré. Parecía un lugar acogedor e ígneo, con su entrada pintada de color rojo fuego y su carta de precios imbatibles, y también parecía regentado por chinos extrañamente bien integrados en la estuaria Oporto. Quizá eran de Macao. No de Hong Kong, de Macao.

The Grandmaster (Yut doi jung si, Wong Kar-Wai, 2013), como la fachada de aquel restaurante chino, como la Rua Mouzinho da Silveira, funciona por acumulación de lo perecedero, una amalgama de imágenes apiladas de acuerdo a una personalísima cronología sensorial que Wong Kar-Wai traza con el utópico objetivo de detener el tiempo sin las agujas del reloj se detengan. Wong se propone desandar buena parte de lo que el cine nos ha enseñado y parece querer volver al estadio en el que una imagen, la fotografía, era capaz de congelar ontológicamente un trozo de vida; paradójicamente, el hongkonés quiere llegar a ese punto precinematográfico sin dejar de filmar en ningún momento del viaje. Es llamativo que, en la época de los 48fps, Usain Bolt y un cine veloz y de la velocidad, un director reivindique que el movimiento, histórico, corporal y espiritual, es capaz de encerrar la quietud sin detenerse ni un instante. The Grandmaster está plagada de ralentís, imágenes dobles, flashbacks, piruetas visuales y, en definitiva, toda una serie de estilizaciones que, apiladas, obran el resultado opuesto al que podría suponerse tras lo expuesto anteriormente. Cuando Wong Kar-Wai corta a un plano detalle a cámara lenta de un pie o una mano en movimiento en medio de la más abigarrada de las peleas, lejos de detener el tiempo, lo que consigue es poner en relieve su inexorabilidad, encuadrar el instante de precisión absoluta que, en el caos del universo, provoca la eclosión de la matemática en la que lo horizontal y lo vertical se encuentran para no volver a verse jamás, como esa técnica secreta, las 64 Manos, que Ip Man ansía volver a ver sin éxito. La ecuación se resuelve sin que la reflexión se haya hecho patente, la película ha debido ponerse en movimiento y morir en vida para que lleguemos a percibir lo que de inmanente tiene la existencia y, tras la perfección, sigue el movimiento que nunca dejó de seguir. La presión que llega a ejercer sobre el propio film toda esa acumulación de lo que permanece recordado en lo olvidado, una contradicción que Wong entona sin cesar (¿o lleva entonándola siempre?) a cada momento de la obra, es tal que finalmente Ip Man y Gong Er, los dos protagonistas, se saben abrumados por tal cantidad de tiempo irrecuperable, por tantas elecciones tomadas y caminos inexplorados, por tantas imágenes que fueron y tantas otras que nunca pudieron ser, que llevan a cabo un salvaje y radical acto de sinceridad a tres bandas (personaje-actor-espectador) y, primer plano con primer plano, declaman que sus días, el tiempo que les perteneció, del que fueran protagonistas, ya ha pasado, que la película, como sus interpretaciones (¿quizá como un almanaque del cine de Wong?), debe ceder bajo su propio y doloroso peso, y entonces, entre una lágrima y una sonrisa compasiva, salen a la calle.

En la desierta calle, como si fuera la Rua Mouzinho da Silva, Wong realiza una desgarradora panorámica en contrapicado y encuadra los carteles de las abandonadas academias de kung fu de Hong Kong, y con esa imagen, con esa fotografía en movimiento, le basta para encerrar en algo tan perdurable como el nombre de un negocio, una palabra en definitiva, un sonido silente, toda una forma de entender un universo perdido que llegó a dividirse en horizontal-vertical.

La sensación que transmite The Grandmaster es que Wong Kar-Wai parte de algo tan elemental como el movimiento de un cuerpo en ataque hacia adelante (lo horizontal) y la caída del cuerpo oponente (lo vertical), y partiendo de eso baste su inestable castillo de recuerdos en línea y anhelos limítrofes hasta llegar a construir un incompleto, por imposible, monumento a la derrota, que es el paso del tiempo, que es el fracaso de la vida, que es el respeto a la muerte. En contra de toda la tradición capitalista/agresiva según la cual el individuo debe imponer su voluntad a toda costa en una vida finita, Ip Man avanza con dejadez pero sus pisadas son inquebrantables, siguiendo con el símil cruciforme. Wong parece querer reivindicar la densidad de la caída sobre la evolución del paso, pues cuando uno cae, su peso imprime en el aire y la superfície una presión tal que le es devuelta al cuerpo en forma de dolor, la expresión tangible de la duración de la caída, la temporalidad del movimiento vertical, que, inmóvil, escribe su propia historia sin dejar nada atrás sino recogiendo en un punto toda la fuerza y energía recibidas. Por contra, el paso, el avance, consiste en el cambio, la metamorfosis de un segundo en su descendiente, la consecución de la muerte a cada instante, el reconocimiento de que somos frágiles e inestables; en definitiva, lo horizontal es huir hacia adelante al tiempo que se muere cuando más vivo se parece.

En su quietud, en su condición de radicalmente íntima y cerrada obra de cuerpos y sentimientos en choque constante que, de tanta fuerza descendiente (esto es, peso) que acumulan por ambas partes, terminan quedando engañosamente suspendidos en una época que al final se revela resucitada ad hoc y por tanto pretérita, The Grandmaster desgarra por su respeto casi monacal por el paso del tiempo, una aceptación de la muerte y la derrota que no estoy seguro si es algo peligrosamente conformista pero sí que me es absolutamente necesario.

 

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