Cineuá - Tu revista de cine

TIEMPO/máscaras

A partir de un fotograma de Saraband (Ingmar Bergman, 2003) y en respuesta a Carta Concordia, el texto de Ricardo Adalia para este Somos Cine.

Una carta para Ricardo Adalia, Vicente Rodrigo y Adrian Martin

Queridos amigos:

Reconozco que he tenido una suerte de parálisis a la hora de contestar a la pregunta que Ricardo nos formulaba en su última carta. Intenté hacer un video tan estupendo como el suyo, pero como me pasa siempre, me quedé atorado y no tuve paciencia con el programa de edición. Tarde o temprano tendré que asumir que mi labor crítica, al menos por el momento, se queda en la palabra escrita y en el uso de frames.

Así que intentaré acudir en otra dirección. ¿Por qué hemos escogido estas imágenes? En cierto sentido, creo que lo que me imposibilita responder a la pregunta de Ricardo es, precisamente, que algo se atora en su formulación. Debo decirlo: no creo en ese nosotros que está implícito en el enunciado. De hecho, cuando se contemplan todas las fotografías, ese carrusel con forma de puzle audiovisual que acompañaba su Carta concordia tengo la sensación de que hay una dislocación tremenda entre los contenidos y los discursos que se configuran. No creo que se pueda formular un nosotros, porque siempre he desconfiado abiertamente de una sociología populista de lo visual. No creo que haya un nosotros, ni en la recepción ni en la generación de imágenes.

Hacerlo significaría, en primer lugar, aceptar la existencia de un inconsciente colectivo, pero nunca me he sentido cómodo con los parámetros de Jung ni de Campbell. Creo en la existencia de temblores generales que, de alguna manera, nos problematizan o nos engloban por la vía de la configuración del pánico o del deseo, o incluso de textos en los que puede cristalizar de alguna manera el zeitgeist de una época, eso que, como dicen en mi tierra de adopción, pertenece D´un temps, D´un país.

Es el mismo nosotros que inocula el enunciado que nos reúne en este espacio: Somos cine. Pero, ¿realmente tiene sentido ese somos o es un espejismo, una herramienta de pensamiento incompleta con la que no se puede llegar demasiado lejos? Tendría, por tanto, que intentar responder a otra pregunta (¿Por qué he elegido yo cierta imagen?), pero por una cuestión de humildad y de pudor –dos virtudes de las que, ya me conocéis, no voy especialmente sobrado pero que hoy reivindico para mí-, voy a intentar pensar la pregunta de Ricardo en otra dirección.

***

Formulo, por tanto, la cuestión en otro término: Soy cine.

O, dicho con otras palabras, soy texto.

Eso implica que soy escritura -¿qué otra cosa puedo ser?-, o que respondo a la necesidad de que algo, un cierto dolor, debe quedar escrito. Y de todos esos dolores, el más radicalmente ineludible es el del tiempo ya que, de alguna manera, bloquea e impide la (re)solución de todos los demás.

Ricardo nos decía en su carta: Forman parte de una realidad en la que todo es y se ha hecho posible. Es una hermosa formulación. Y sin embargo, las imágenes funcionan en un doble movimiento en el que anuncian y niegan por igual nuestra propia muerte. Hay un plano casi al final del ¡Qué viva México! de Eisensteinen la que su paradoja queda perfectamente cristalizada hacia la vista:

Bajo la máscara –bajo la apariencia que se configura por los recursos cinematográficos, por el punto de vista formal, los aparatajes narrativos-, lo que queda escrito debajo es un temblor en el que sonríe, inefable, la presencia de la muerte misma. De alguna manera, creo que todas las imágenes seleccionadas en el especial actúan como esa primera máscara que nuestro pequeño esqueleto cinéfilo, siempre impaciente e impertinente, coloca precisamente en la línea de su visión misma.

Y es que, por cierto, Eisenstein sabía sobradamente que toda la experiencia fílmica –todo el espectáculo ofrecido en el lugar en el que se cometerá el crimen- no era sino una cuestión de muerte, máscara y deseo. Ivan el terrible, por ejemplo.

Escribió Lacan, al hilo de todo esto, en su quinto seminario: “Te acercas a un niño con la cara cubierta con una máscara, se ríe de una forma tensa, con inquietud. Te acercas un poco más y empieza algo que es una manifestación de angustia. Te quitas la máscara, el niño se ríe. Pero si debajo de esta máscara llevas otra máscara, no se ríe en absoluto”. En cierto sentido, intuyo que casi todas las imágenes que conforman el carrusel de Somos cine son una colección de estremecimientos artísticos muy cercanos a esa “manifestación de angustia” que nos provocó cierto director (Eustache, Zulueta, Lynch, Wenders…) al acercarse a nosotros a esa distancia incómoda.

El problema, por supuesto, es que nosotros ya sabemos que debajo de esa máscara, como decía al hilo de ¡Que viva México!, lo que queda es una calavera.

***

No creo, por tanto, en la liberación de las imágenes, sino más bien en la presión/expresión misma de su escritura. Casi sin salir de la esfera rusa, la teoría fílmica sobre el tiempo esculpido de Tarkovsky (y su particular reinterpretación en Aumont, sobre lo que habría mucho que discutir) me serviría como una formulación de los efectos de la máscara. La imagen recordada por nosotros es imperfecta en tanto encapsula un tiempo –el del acercamiento de la máscara- cuyas ramificaciones tienen que ver con la experiencia subjetiva en el interior del texto fílmico. Reconozco que viendo algunos de los frames he pensado si no habría una lógica irónica o incluso voluntariamente ingenua en los criterios de selección, algo así como un escapar voluntariamente de la máscara. La respuesta sólo la puedo encontrar desde la negación del experimento propuesto en Cineuá –efectos aberrados inevitables, pero también muy sugerentes, a su manera-, y por lo tanto, un cambio en el enunciado que nos reúne. De Somos cine pasaría a ser Soy esta máscara. Una, por supuesto, que aparentemente no da miedo. Una que no provoca angustia. Una máscara imbécil de hedonismo incompleto. Bendita máscara.

Por lo demás, ya digo, lo que me interesa únicamente es ese acercamiento del tiempo/lugar en el que en la pantalla se desvela la escritura del deseo. En ese sentido, he creído localizar algunas imágenes que funcionaban como ceniza del deseo, otras como promesa del deseo, y algunas incluso como una confesión del deseo. El hilo que se ha tejido entre ellas es una sugerencia poética extraña, la del hipotético sentido de la cinefilia.

Sin embargo, vosotros ya lo sabéis, según me permito el lujo de envejecer con toda tranquilidad a este lado del folio, cada vez creo menos en la fiesta pop global de la cinefilia y sus efectos comunitarios políticos e identitarios. Quizá en su lugar, en lugar del nosotros, me gustaría reivindicar la figura del ermitaño que colecciona máscaras y las ordena, con todo su cariño, en los márgenes del otoño. Y al que, de vez en cuando, se le permite arrojar, como nosotros lo hacemos, un grito de satisfacción ante la vida vivida, esto es, ante el cine que nos ha escrito.

Recibid un abrazo muy fuerte.

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