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Trust: de los márgenes

Información

Título original: Trust
Director: Hal Hartley
Año: 1990
Reparto: Martin Donovan, Adrienne Shelly, Merritt Nelson, John MacKay, Edie Falco, Karen Sillas

Detalles

El artículo fue publicado el 3 de abril de 2011. Guardado en Retrospectiva. Etiquetas: , , , .

Uno. Genealogía particular del outsider según Norteamérica.

Si el Gatsby de Fitzgerald prefiguraba —poéticamente, desde luego— cierta malformación de lo social, la imaginería grotesca que flashea la neoyorquina Diane Arbus[i] ilumina, bajo el contundente signo de la mirada a cámara, la disfunción (meta)física de una nación (pos)Tod Browning, (pre)John Waters. A medio camino de todos ellos, serpenteando entre las filas de tal banda aparte, avistamos el tropel ‘hipster’ que evangelizó Kerouac, Ginsberg, para, un puñado de peajes hacia el Este —quizá muy próximos a Hartley— dar con los derrotados que pueblan la amarga literatura de Raymond Carver o John Cheever, la épica ruinosa del dirty realism. Entre otras sustancias, de un modo brillante, Hartley ha sabido digerir el poso que arraigó el devenir errante de la descrita alineación. Es cierto. La química de sus criaturas involucra al Henry Chinaski que holgazaneaba en la alcoholizada prosa de Bukowski, al Arturo Bandini que acuñó la pluma precursora de Fante; retratos de la inédita madurez de Holden Caufield, castigado por la incomprensión, el sobrepeso, la dipsomanía, insurrecto licenciado que apura su tiempo reparando receptores de televisión, dándose de hostias.

Hal Hartley filma las cunetas USA. Y lo hace como nadie.

Dos. A propósito de Sundance.

Ya nos lo han contado: el establishment genera sintomáticamente un caudal reactivo. También nos lo contaron: el establishment, tras un primer intervalo de incertidumbre, parasita la corriente alternativa, se adueña de los códigos que la vertebran y los incorpora a su genética. Resulta incontestable. Magníficamente cronometrado por Peter Biskind, el festival de Sundance (o al menos una buena porción del cine que abriga), brinda un medido ejemplo. Pese a todo, existen respiraderos, agitadores. Hal Hartley forma parte de estos últimos.

Con las nevadas aceras de Sundance, Utah, como santuario, y la astuta retórica financiera de los Weinstein como vademécum, el ‘indie’ de la década de los noventa aúpo a los Haynes, Sayles, Solondz, Linklater o Smith como profetas de la no-industria del cine estadounidense. Por aquellas Soderbergh ya flirteaba con los tipos de gris, Jarmusch seguía sin ser de nadie y los Coen jugaban al despiste con sus propias reglas.

Hartley, entretanto, había rozado el Gran Premio del Jurado de Sundance en 1990 y 1991, con La increíble verdad (The Incredible Truth, 1989) y Confía en mí (Trust, 1990) respectivamente, haciéndose tan solo con un reconocimiento de guion para la segunda. Con la acidez de Solondz, los slackers[ii] de Linklater, de Kevin Smith, y la crudeza malsana de un realismo social a lo Mike Leigh[iii], Hartley acuña un cine personalísimo al que no duda en vincular a Godard, Hawks o Sturges. Estamos ante un autor que bucea en idénticas coordenadas a las que lo hacía hace una década. Anacrónico, de los que se resisten a salir en la foto.

Tres. Confía en mí (Trust, Hal Hartley, 1990).

El núcleo familiar despiezado pasa por ser, además de una obsesión en la filmografía de Hartley, detonante de la relación que vincula a Maria Coughlin (Adrianne Shelly), adolescente repudiada tras un repentino embarazo, y Mathew Slaughter (Martin Donovan), una suerte de genio huraño tiranizado por su padre. Trust narra así  el amor de dos náufragos, asediados por los designios enfermizos de ambas siluetas, materna en el caso (lorquiano) de Maria, paterna en el de Mathew.

Primera constante. La figura del padre, la que humilla a un Mathew adulto, la que fallece infartada tras conocer el embarazo de Maria, la ausente de este modo, la suplantada en Henry Fool (íd., Hal Hartley, 1997), objeto de búsqueda en Simple Men (íd., Hal Hartley, 1992).

Segunda constante. Catarsis relanzada mediante la aparición casi epifánica de un tipo opaco, intelectualmente poderoso, sociópata. He ahí a Mathew —que tendrá su resonancia pedófila en Henry Fool (1997) portavoz de las inquietudes culturales de su creador, Hartley, cuya fascinación por las digresiones high-culture que Godard acostumbraba a adjudicar a simples secundarios resulta más que evidente.

Tercera constante. Brotes de una teatralidad consciente, largos planos fijos que introducen monólogos o reflexiones de hondura y detienen la acción dramática momentáneamente. De nuevo Hartley avanza la influencia de Godard, de Brecht.

Cuatro. Postales del extrarradio.

Sintético, fabril, en cada revelador contrapicado, el cielo que asfixia a Maria, a Mathew, el mismo que acoge a Trust y sus criaturas, a menudo aparece estriado por tendidos eléctricos, postes de alambre, semáforos urbanos. Hal Hartley factura un cine decididamente asfaltado, transitado por inadaptados cuya única pulsión se limita a sobrevivir. Trenes sobre Long Island, estaciones de repostaje, nadie distingue hoy de ayer, y el mañana se programa conforme a los comandos de un microondas.

“El mundo es un lugar aterrador, lo admito, pero no es culpa mía”, sisea Henry Fool. Periferias mugrientas, suburbios working class, coffee bars de ecos ‘hopperianos’. Hartley emplea a conciencia la iconografía postindustrial como paisaje del relato, contextos tan corroídos como sus pobladores, espacios para una narrativa que flirtea por instantes con lo documental para impulsar a trompicones un tierno (sur)realismo no exento de humor, afianzado en la poética del linóleo, la cretona. Sin apartarse de esta línea, Trust balbucea en la buhardilla de unos States devastados por el cinismo que sobrevive a una inocencia pulverizada, como la de Mathew, condenado —pese a sus convicciones ácratas— a participar de la farsa, esto es, recomponer televisores, símbolo de la narcolepsia colectiva. Sintonía de lo cotidiano, los jingles publicitarios y el aplauso enlatado de teleconcursos conforman una pista sonora autónoma que envuelve diálogos domésticos, que respira agazapada tras el vacilar mareante que sella el alcohol, la herrumbre acumulada de pitillos baratos. Existe una belleza latente en lo cotidiano. Algo así viene a decirnos la estilizada puesta en escena que ensaya Hartley, su gusto por la composición interna del plano. Existe, de eso no cabe duda.

Cinco. Vale.

Mathew lleva consigo una roída granada de mano que su padre, a modo de recuerdo, trajo de Corea. El tiempo desfila cada vez más aprisa, reconocen los hijos de Sundance. Su frente parece ampliarse y hará un par de semanas, mientras hacían footing en torno al bulevar, sintieron una aguda punzada en la base de la espalda. Hartley, por supuesto, también envejece. No estrena una película desde 2006. Un conocido médico de profesión aconsejó a los hijos de Sundance empezar a cifrar su presión arterial; nada problemático, claro. Hartley, a diferencia de algunos de ellos, todavía no ha rodado para la industria. ¿Por qué?, preguntan los hijos de Sundance. ¿Por qué?, se cuestiona Hartley. ¿Por qué?, inquiere Maria señalando en un gesto la granada. Mathew saborea la respuesta —la suya, la de todos— y apura un pitillo.

Por si acaso.


[i] http://diane-arbus-photography.com/
[ii] Holgazán, persona que se evade del trabajo.
[iii] Patios traseros. Mike Leigh, La soledad del tipo del fondo, Carlos Abascal Peiró.

 

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