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Venezia 71 (y V): Low Cost

Toca escribir estas líneas ya desde casa, como una despedida asíncrona tanto del festival como de la gente que estos días ha ido ocupando esos valiosos ratos entre películas. Porque los festivales los construyen las anécdotas, seguramente, y no tanto los films, menos aun cuando la edición de este año no va a ser de las recordadas por la excelente calidad de sus títulos a concurso. A su manera el festival, con tanto film tratando el tema de la crisis, se ha visto realmente representado por esas deudas, por parecer que está hipotecado y que, ahora mismo, no puede ofrecernos ese gran cine pero que pasemos más tarde a ver si puede ofrecernos algo, pero mientras tanto nos puede poner un café.

Era obvio que muchos de los films retratarían la pobreza y los problemas económicos (aunque a estas alturas de la crisis ya podríamos buscar otras maneras de abordarlo) y así ha sido incluso en esas cinematografías más exóticas que suelen poblar las secciones paralelas del festival. Así films como Le dernier coup de marteau (Alix Delaporte, 2014), Jackie & Ryan (Ami Canaan Mann, 2014), Line of credit (Salomé Alexi, 2014) o Bypass (Duane Hopkins, 2014) representan casi sin fugas ese tipo de drama social sobre la pérdida de las posesiones materiales al no poder afrontar las deudas. Quede claro que no nos indigna que se trate esa temática, pero surgen esa deuda del festival para con él mismo y para con nosotros en tanto muchos de esos films sean meras permutaciones de historias contadas mil veces de la misma manera, sino que además ocupen secciones importante, como el caso de Delaporte en oficial o Line of credit en Orizzonti. Ambos films carecen de interés alguno y en el caso de Delaporte tiene un gemelo que es Bypass, versión más preciosista y la vez más desastrosa en guión. Cualquier de esos tres films son absolutamente prescindible pero entre ellos surge la grata sorpresa de Jackie & Ryan, el nuevo film de la hija de Michael Mann. En él, a la manera en que Texas Killing Fields (Ami Canaan Mann, 2011) suponía una depuración de thriller, desviste el drama romántico de todo azúcar para plantear una historia sin saltos emocionales pero tremendamente sólida y creíble, cercana, sobre gente que necesita que la ayuden no sólo a hacer frente al futuro sino a apuntalar el pasado. Tampoco podemos dedicar grandes loas al film pero desde luego, ante el conformismo de directores acuciados por el miedo y más pendientes de asegurar su apuesta, preferimos el riesgo a contracorriente de la directora americana.

Ahora bien, esa deuda, esas hipotecas no solo afectan a los títulos seleccionados por el festival sino que también, en ocasiones, a los propios autores, donde el sello propio convive con quizás el miedo a arriesgar, como ocurre con Burying the ex, el nuevo film de Joe Dante. Y no es que el film del director de Aullidos o Gremlins sea malo o conformista, pero sí se nota temeroso y procura no salirse de ninguna coordenada que pueda cerrarle taquillas, apelando a ratos a esa nostalgia de los 80 así como a las referencias cinematográficas de cara a los fans. Mismo caso para Quentin Dupieux, que únicamente estiliza su relato en Reality, pero vuelve a presentar una historia acorde a lo ofrecido hasta ahora. En ningún caso estamos diciendo que ese conformismo sea algo negativo, pero desde luego no es algo motivante y más cuando se enmarca en un festival que, a su vez, no está ofreciendo nada extraordinario.

Quizás por eso levantó ampollas Abel Ferrara con su acercamiento a la figura de Pasolini, porque cualquier film parido por el norteamericano lleva consigo asociada la polémica y, en esta ocasión, no es el contenido del film la que la provoca sino precisamente su ausencia. Y es que Pasolini (2014) resulta más un acercamiento poético a la figura y pensamiento del director italiano que no a su vida, pese a contener la escena de su asesinato, y cuando de figuras de tal calado se trata es difícil mantenerse en la tibieza a la hora de opinar. Más allá de eso, Pasolini resulta una obra tremendamente luminosa, evocadora, lejos de la visceralidad habitual de Ferrara y, a su manera, un perfecto reverso a su reciente Welcome to New York, algo que no puede decirse de la línea continuista de la, a la postre, ganadora del León de Oro A pigeon sat on a branch reflecting on existence, del sueco Roy Andersson, y que viene a cerrar su trilogía sobre ser un ser humano. Desde luego a los fans de Andersson les entusiasmó, pese a ser la misma apuesta que La comedia de la vida (2007) y Canciones del segundo piso (2000), aunque a eso nos referimos cuando hablamos de sello, ¿no? En todo caso A pigeon sat on a branch reflecting on existence supone un paso algo más ambicioso que las anteriores, con un film de más peso y, desde luego, más mala leche.

Nobi (Fires on the plain), por su lado, suponía el regreso de Shinya Tsukamoto al festival de Venecia tras alzarse con el premio a mejor película en la sección Orizzonti con esa joya que es Kotoko (2011), y provocó las mismas reacciones que el film de Andersson: defendido por sus fans, odiado por sus detractores y desinterés por aquellos que desconocen su filmografía. Y desde luego no era Nobi un film a ignorar aunque tampoco suponga un cambio de rumbo en la filmografía de Tsukamoto que, esta vez, convierte la selva en otro de sus espacios claustrofóbicos en un festival de horror imprescindible. Porque si el film de Kon Ichikawa se acercaba más al drama, el de Tsukamoto se acerca más al terror, al vaciado de personajes para representar el horror de unos soldados condenados al canibalismo.

En cambio, cuando un film deja de tener miedo, crece en amplitud y sorpresa de manera natural, como pasa con Sivas, del debutante Kaan Mujdeci, un film conducido por un niño protagonista que, sin dejar de retratar el drama rural turco, no busca ser ese bigger than life pretendido por films como Bypass o Le dernier coup de marteau. Porque Sivas es un film pequeño, a ratos casi parece improvisado, y de ahí, de esa ausencia de miedo a salirse de las coordenadas de lo que los premios o el público espera, brota una narrativa fresca y seductora junto a un niño protagonista que resulta ser niño y no metáfora.

Lo mismo podríamos decir de The Postman´s White Nights, de Andrei Konchalovsky, que a esa frescura (con actores no profesionales que interpretan su propia vida) añade una soberbia dirección y fotografía, retratando pobreza y drama en una pequeña comunidad rusa sin necesidad de buscar algo más allá que la historia de esos propios personajes. Un film con tintes de humor, que sin aspirar a querer retratar ese ser un ser humano lo consigue a través de personajes que viven su papel, sin miedo alguno a no resultar un film epatante o una historia accesible para el público, con el dulce regusto a lo sorprendente, a lo inesperado.

Misma sorpresa ha resultado ver que el habitual film griego esta vez venía de Austria, con Goodnight Mommy, cinta firmada por Severin Fiala y Veronika Franz. En ella se nos narra la vida de dos gemelos tras un cambio de rostro (y de humor) de su madre, llevando poco a poco el drama al terror para, más tarde jugar al thriller y al gore en un artefacto milimétrico que, afortunadamente, a la mayoría pilló descolocados. No en vano, la codirectora resulta ser esposa de Ulrich Seidl, pero a esa deuda que tiene Goodnight Mommy con el cine austriaco suma una virulencia propia de nuevo cine de terror francés, y viendo como Orizzonti se ha llenado de productos con fórmulas parecidas se agradece que el film austriaco sea capaz de no tener miedo a irse de vacío del festival, como así ha sido.

Y así acaba la 71ª edición de la Biennale de Venecia, con esa sensación de miedo general, de hipotecas, de buscar contentar al público antes que a la prensa, de afianzar fórmulas en vez de indagar a la búsqueda de nuevas, sembrando en muchos un desasosiego ya formulado el año pasado y confirmado este. Quizás es hora de dejar de vivir de rentas, de no intentar competir con Toronto de tú a tú sino representar una alternativa fiable (aunque esa sea Locarno) o de directamente de dejar nosotros de asistir. Nosotros, desgraciadamente, volvemos con las maletas vacías.

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