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Vivir hasta el fin: Silence = death

Antes de haber visto por primera vez Vivir hasta el fin (The living end, 1992), Maldita Generación (The Doom generation) me dio la carta de presentación del cine de Gregg Araki en el Festival de Sitges de un lejano 1995. La recuerdo perfectamente porque para mí fue todo un pepinazo. Una loca y salvaje road movie con una potente carga sexual y nihilista que me sedujo desde el primer fuck de Rose McGowan a ritmo del Heresy de los Nine Inch Nails. Tenía veintitantos años y como muchos de mi generación andábamos muy entusiasmados con propuestas que se hacían bandera de lo políticamente incorrecto y que se tomaban la violencia fílmica con mucha mala leche y mucho jolgorio desdramatizado. Tarantino abrió una brecha de la que se beneficiaron propuestas como la de Araki, donde amplificaba y pulía mucho de lo ya expuesto en Vivir hasta el fin. Pero existía una diferencia sustancial con aquellos films tarantinianos, incluido Asesinatos natos (Natural born killers, 1994), con la que se suele comparar. En el film de Araki la violencia surgía en contra de la voluntad de los personajes principales. Ellos no estaban inscritos en un mundo consustancial a ella, caso de los ambientes criminales. Se desenvolvían en parajes urbanos llenos de consignas apocalípticas en un entorno de cartón piedra descarnadamente artificial, entre escenarios post-industriales y lugares de paso rabiosamente pop. Un Godard excéntrico y bañado en un tenebrismo teen que daba pie para crear un espacio espectral, cincelado a través de la implosión visual que se filtraba desde la música gótica e industrial, la cual dictaba las coordenadas estéticas que Araki absorbía. En ese tránsito desquiciado, se defendían de la enfebrecida agresión de la que siempre eran víctima. Su propio espacio íntimo se dirimía en la búsqueda de ellos mismos a través del sexo y de la experimentación con su cuerpo. Una pulsión que entraba en brusca crisis cuando salían a un exterior irracional y brutalmente hostil.

Era imposible que lo racionalizase pero me encontraba en un momento bastante delicado, para que reflejase muy bien cierta sensación de hostilidad que yo experimentaba entre mi personalidad más íntima y un afuera que me estaba resultando raro y ajeno. Se acabaron los juegos, era momento de empezar a asumir responsabilidades, tenía que tomar decisiones y debía orientar un futuro que hasta el momento me había despreocupado por completo. Era el momento de preguntarse quién era, qué hacía y adónde iba. Todo eso, no obstante (yo, que soy muy tozudo), lo iba demorando. Porque había algo que no encajaba, algo, no sabía muy bien el qué, que era postizo en mi vida, algo extraño que recorría mis venas. En su expresión y su formalización excéntrica había encontrado en Maldita generación un placer fílmico pero que subrepticiamente somatizaba un estado de ánimo que estaba devorando mis neuronas. El cielo se había oscurecido, el suelo que pisaba empezaba a resquebrajarse y me sentía muy cómodo con los sentimientos desgarrados en un paisaje sonoro hipertecnificado denso y asfixiante de unos Nine Inch Nails que habían entrado en mi catálogo musical inofensivo y blanco.

Así pues, dos años después, el cine de mi pueblo pasaba una crisis, agobiado con la proliferación de los multisalas. Como cine de provincias su oferta era la de la sesión doble pero nosotros, la generación del baby boom, habíamos crecido y lo habíamos traicionado. En esa coyuntura, tratando de buscar al público perdido, ofrecían entre semana cine menos convencional y más arriesgado. Aquel ciclo duró poco. Pero me llamó poderosamente la atención el pase de Vivir hasta el fin. Todavía guardo el afiche del cine; yo he sido el primer sorprendido al encontrarlo ahora que me he puesto a rebuscar entre mis cosas del pasado. Así pues, puedo decir con exactitud que la vi un martes 2 de septiembre de 1997 a las 22:30 de la noche. En aquel entonces ir al cine entre semana era algo muy extraño y mucho más a la última sesión de la noche. Había algo en la sinopsis que resultaba espinoso. Sí, era de Gregg Araki, pero se hablaba de dos gays y se mencionaba el SIDA en la sinopsis. Nuestro contacto con todo lo relativo a lo homosexual era nulo. Solo servía para denigrar e insultar, porque aquellos eran degenerados, desviados, gente lejos de nuestro entorno. Tampoco existían referentes positivos y la visibilidad gay era pura ciencia ficción. Veníamos de una década donde el hecho homosexual se había estigmatizado hasta extremos desopilantes a raíz de la pandemia, por lo que eso estaba alojado en nuestro subconsciente colectivo. Por tanto, ir a verla era como algo clandestino.

En mi relación conmigo mismo todavía no tenía respuestas, sentía desmesuradamente, como siempre, pero no disponía de ninguna certeza. Era preso de acuciantes inseguridades y mi mundo estaba en una aguda turbulencia. Estaba entrando en una crítica depresión pero ni tan solo era consciente. En ese contexto el cine me funcionaba como ventana al mundo, como acceso a otras realidades que me eran ajenas. Para mí, en aquel estado, era como un oráculo al que realizarle preguntas. Creía ciegamente que él me ayudaría a entender algo que yo no era capaz de comprender por mí mismo. Teníamos escasos recursos para salir de nuestro entorno más inmediato, allí vivíamos alojados y de ahí no salíamos. Pero, qué duda cabe, necesitaba romper esa membrana porque me faltaba el aire, todo se estaba pudriendo. Solo que no tenía valor para afrontarlo. Así pues, aunque me sentía como el adicto que busca en las sombras su dosis, decidí ir a verla. Porque yo que siempre he sido muy curioso e inquieto, quería acercarme aquello que era tabú. Era una forma segura y limpia, amén de que en aquel entonces yo andaba muy obsesionado con el cine independiente norteamericano. El boom del cine indie a raíz de Sundance me lo tragué enterito, lo vi todo hasta que llegó a las cotas de estandarización que lo regularon y lo convirtieron en una marca. Recuerdo perfectamente las sensaciones que me despertó aquel primer visionado. Fue toda una experiencia de displacer fílmico. Era ira pura pero de la que no puedes inmunizarte. No comprendí nada, me estalló en toda la cara el gesto revulsivo del New Queer cinema. No podía encajar la love story bajo ningún paradigma, la imagen desmañada, el look en bruto y desabrido, su estructura errática y dispersa sin lógica narrativa convencional. ¿Adónde me llevaba el film? ¿Por qué se comportaban así? ¿Qué es lo que sucedía entre ellos?

Hoy sé que estaba conectando con el carácter subversivo del pensamiento queer en su palmaria brutalidad. Ahí se estaba mandando todo a la mierda, porque las cartas ya están marcadas. Un seco fatalismo al que responden con la misma contundencia con la que él se fija en sus vidas condicionando su existencia. La imposición de un final que se impone como próximo no se corresponde con un aplacamiento, un gesto sumiso de agachar la cabeza y un lamento paralizador. Todo lo contrario, carretera y manta y un fuck you sonoro y estridente. Cuando nada importa, lo único con lo que se puede combatir  esa sensación de desamparo y de amarga toma de conciencia de la realidad es la unión con el otro, donde ya nada importa más que nosotros dos.

Aunque ya he explicado que era imposible que yo pudiese comprender ese comportamiento, dado mi absoluto desconocimiento real tanto del SIDA como de la homosexualidad, soy consciente que el film caló de alguna manera en mi aparato simbólico, porque es de esos films a los que siempre he vuelto periódicamente. Y con cada visionado ha sido construido de nuevo en mi imaginario, hasta el punto que fabriqué en mi recuerdo una secuencia inexistente. No me di cuenta hasta hace bien poco que acudí de nuevo al film para certificar esa imagen sobre la que quería trabajar. Yo fabulé que el personaje que encarna al crítico de cine le explicaba en el coche a su visceral amante que tenía un amigo que se había suicidado escuchando a Los Smiths, los cuales sonaban en la radio en ese momento. A medida que lo iba relatando unas lágrimas recorrían sus mejillas y la imagen anulaba su poder significante para ser solo materia musical melancólica bajo los timbres vocales de Morrissey y sus letras llenas de incertidumbres y confusiones.

Javier Bassas Vila en su epílogo del libro de Jacques Rancière, Las distancias del cine, explica algo similar con planos inexistentes en el film de Nicholas Ray Los amantes de la noche (They live by night, 1948), pero que sin embargo son recordados tanto por Pedro Costa como por Rancière. Al respecto, Bassas nos cuenta: Planos inexistentes que inspiran a directores; sensaciones fulgurantes en filósofos provocadas por planos que tampoco existen en la materialidad de la película. La idea de cine expandido y de la re-visión personal de las películas (“Yo me monto mi película”) remite, en este sentido, a la cinefilia entendida como pasión por el cine antes bien que como teoría cinematográfica. Así emerge, en definitiva, una política del amateur en la que los recuerdos –creativos o no- valen tanto como las percepciones.

Creo que una situación así solo puede darse cuando el cine forma parte inextricable de tu esencia, en la que tu apropiación del film siempre se va reconstruyendo a medida que tú vas madurando. El film vale lo que valen tus recuerdos y la significación nunca puede ser inmovilista porque nosotros siempre estamos en continua evolución. Vivir hasta el fin hoy puede traerme raíces culturales como las de Queer de William Burroughs, donde también se contiene un relato impreciso y abierto de dos personajes homosexuales que guardan varios puntos en común con el film de Araki. Como el chapero de Araki, imponente cuerpo y exultante animalidad, el Lee de Burroughs es literalmente un gay con revólver (un Colt Frontier) y ganas de usarlo.

Vivir hasta el fin se benefició de una etiqueta absurda como la de New Queer Cinema, cuando emergieron varios films independientes al amparo del paraguas de Sundance, festival que entonces encontraba su posicionamiento industrial, donde se visibilizaba la homosexualidad con una urgencia y una explicitud insurgente, dado que ésta había sido enmudecida en la larga travesía de los 80 cuando el SIDA los había demonizado hasta extremos enfermizos. De aquella cosecha donde se recuperaba la voz enunciadora ninguno fue tan combativo como Vivir hasta el fin y ninguno expresaba con tanta contundencia el angst del eco silenciado y ahogado. Después vendría el paternalismo falso de un film de la industria como Philadelphia (íd., Jonathan Demme, 1993). Pero esta tosca road movie de dos seropositivos recoge el discurso de aquel que se niega a victimizarse, pisotear el dispositivo socio-normativo de las mentes bienpensantes y hacerse partícipe de las voces más combativas que se daban entre la ACT UP y aquellos movimientos de protesta menos acomodaticios. Araki la define como una película irresponsable, pero era momento de lanzar piedras, disparar a la homofobia y revolverse en contra de la exclusión social a la que quedaba abocado el seropositivo. Vivir hasta el fin no está pidiendo elasticidad al sistema. Ni siquiera es nihilista porque cree en el amor por encima de todas las opresiones posibles. Pero está gritando un basta ya y un que os follen que bien merecía una sociedad que había abocado a un enfermo al callejón de los desahuciados, en nombre de la moral. Vista hoy Vivir hasta el fin me resulta tonificante y frustrante, porque me demuestra en pantalla todo aquello que me faltó en la resolución de mi propia crisis. Porque ese chico imaginario que se suicidó escuchando Los Smiths, ¿hace falta que siga diciendo cómo me estaba inscribiendo yo en el film?

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