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Volver a ver

Ha resultado ser este fotograma, aunque podría haber sido cualquier otro de esta misma secuencia. O cualquier otro de entre varios posibles de otras tantas películas. Pero ha sido este: la barriga de la esposa de Stan Brakhage a punto de alumbrar al hijo que haría al realizador padre por primera vez. El artista de Kansas City se mantiene en gran parte de los 13 minutos de Window Water Baby Moving (1962) como un ojo que graba desde el fuera de campo. Sin embargo, su presencia es tangible y colaboradora.

Veinte años antes de que yo naciera, Stan Brakhage filmó con una ternura y calidez extrema el rostro y el torso abultado de su mujer que, sentada en el interior de una bañera con agua, sonreía con complicidad a la cámara mientras una luz tibia se filtraba desde el exterior a través de una ventana lateral. También era la primera vez que Brakhage filmaba el nacimiento de uno de sus hijos. Tenía 29 años. Yo no vi demasiado pronto esta película (seguramente ya habría cumplido los 20) y tampoco había visto nunca un parto en pantalla. Ni en la vida real.

La textura misma de la imagen en 16 mm, la luz anaranjada, el agua que mece, la intuida mirada amorosa del esposo y cómplice, la fuerza y franqueza de ese momento único y universal. De pronto ahí me encuentro volviendo al idílico vientre materno, al origen de todo; un viaje en el tiempo. O un viaje en la naturaleza: quién sabe si ahí se condensa de manera oculta un activador del deseo de amar intensamente a alguien o del deseo de ser madre, que algunos formulan como innato femenino. Decía Brakhage que “es una pieza sobre la memoria donde se recuerdan cosas como estar en la bañera, estar enamorado, por qué tener un niño”.

Con el paso de los años y las experiencias, nuestra relación con las imágenes va cambiando; ocurre con todas las imágenes que circulan ante nuestros ojos por segunda vez (y cada vez). O así experimento yo el ejercicio de la cinefilia, como algo en constante mutación, lo que nos liga a nuestra propia naturaleza como seres cambiantes, en continuo movimiento. Al volver a ver Window Water Baby Moving recientemente, surgió una reflexión nueva en mí a raíz de algo hipotético: ¿cómo cambiaría mi percepción de esta imagen si yo, en un futurible, me quedara en cinta? Algo tan contextual como empezar a observar embarazos próximos en mi entorno contribuyó seguramente a activar estos pensamientos. Cavilaba entonces sobre si preguntarle a alguno de estos compañeros de recién estrenada  maternidad o paternidad, previamente conocedores del filme de Brakhage, cómo experimentan ahora esas imágenes, una vez vivido algo tan natural y, al mismo tiempo, tan excepcional como el alumbramiento de su propio primogénito. Al menos, hasta que yo pueda opinar; o no…

Covadonga G. Lahera

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