La enfermedad

El “destino” es la interacción entre los autores del crimen y las víctimas.

Raul Hillberg

«Enfermedad» es una palabra que no me gusta porque asume cierto grado de anomalía respecto a aquello que se ha pactado como normalidad. Me parece falsa, una invención para crear una diferencia y, por lo tanto, una identidad. Nunca deberíamos considerar la enfermedad como algo diferente. La inmunología ha conseguido implantar la idea de que la enfermedad siempre viene acompañada de la otredad y la extrañeza. Y es cierto que puede aparecer generada por un virus o por ciertas formas de contagio entre otras muchas cosas pero, pese a todo, la enfermedad es vivida en nuestras propias carnes, dentro de un estado con unas peculiaridades vitales concretas. Por lo tanto, mis problemas con la enfermedad aparecen cuando se la utiliza para configurar una nueva forma de subjetividad apoyada en la otredad de la fuente que causa unas consecuencias en el organismo. Pero un enfermo lo es por lo que padece y ya no por lo que le ha “infectado”. Es decir, que aquello que se padece en realidad es algo normal, una forma de vida, ya que el cuerpo continúa funcionando, pese a todo, hasta que la abandona o desgraciadamente muere.

La cuestión creo que se torna más cristalina cuando la palabra se aplica a una institución o a un Estado en concreto. Cuando están corruptas, se hacen públicos los chanchullos gracias a los que funcionan, se revelan los tráficos de influencias, la evasión de capitales, etc. Se dice «están enfermas» para advertir que algo va mal, aunque en realidad se busque generar una nueva identidad renovadora. Una identidad que en realidad es una forma de inmunidad ante la propia enfermedad para que nunca pase nada, para que nada cambie, en lugar de como un proceso de cambio, un tránsito, o una transformación que terminará dando en otra cosa bien distinta, en otro estado. Lo que quiero decir es que la enfermedad no es algo excepcional, de lo contrario nos toparíamos con una relación consigo mismo problemática, con la aparición de la ajeneidad. Como si lo ajeno fuera yo mismo, enfermo, aunque yo mismo enfermo continúe siendo yo, aunque excedido.

Jean-Luc Nancy quiso hablar de todo esto consagrando El intruso a la enfermedad de corazón que padeció durante unos cuantos años. En aquel libro reflexionaba alrededor del trasplante de uno de los órganos vitales más importantes y de todos los cambios radicales sufridos en su cuerpo tras recibir el de un donante. Más tarde, como es bien sabido, fue tomado como punto de partida por Claire Denis para una ofrecer una de las obras cinematográficas más enigmáticas de los últimos tiempos. Su obra, de título homónimo, ha sido una de las películas de autor sobre las que más se ha escrito en este siglo XXI. No obstante tenía todos los rasgos autorales para llamar la atención en los círculos cinéfilos más exquisitos: elipsis radicales, desestructura narrativa, hermosa fotografía Agnès Godard, enigmáticas presencias actorales, etc.

Pero vayamos al grano: L`Intrus de Claire Denis seguía los pasos de un magnate al que daba vida Michael Subor en su particular camino hacia la muerte. Estaba enfermo, sabía que iba a morir, y sus últimos días los pasaba recorriendo medio mundo para cumplir sus últimos deseos. Sobretodo el de llegar a tener un hijo al precio que fuera necesario. El cuerpo del actor funcionaba a modo de metáfora para hablar de un modo de narración que podríamos denominada “clásica”, que en aquellos momentos del recién estrenado siglo XXI, acababa de estallar. El decrépito hombre, en sus últimos días y después de llevar una vida en soledad, intentaba conseguir a toda costa a un hijo. La metáfora era perfecta: una tentativa ensayística para volver a encontrar una forma de transmisión perdida que, por supuesto, tiempo atrás había conseguido esa narración clásica.

El cine (de autor) siempre ha inventado nuevas formas de narrar, pero desde mi punto de vista nunca ha podido abandonar la esencia de esa narración clásica que no es otra cosa que la transmisión pedagógica. Si damos un vistazo a cualquiera de sus épocas, incluso las más radicales o fundacionales (Antonioni, Godard…) siempre queda algo que pasa de generación en generación. ¿Por qué sino se sigue poniendo como ejemplo las películas de esos directores? La película de Denis era algo nuevo porque parecía que casi conseguía definitivamente que la atomización del relato y su dispersión temporal terminaran dando en una serie de instantes iguales a otros que no podían dar un rumbo a la narración y, por lo tanto, a la vida del magnate interpretado por Subor. El tiempo de película concluía, pero a diferencia de una película de autor radical como las de Antonioni o Godard, intuíamos que nada había concluido, que la muerte del personaje interpretado por Subor podría ser un instante más que invalidara la experiencia de su propia muerte. Pero decimos que casi conseguía, porque los momentos con que se presentaban los achaques del corazón sufridos por el protagonista venían mostrados por imágenes “extrañas” que resultaban a todas luces ajenas al tono generalizado del film. Por esa razón creo que la directora pensaba en su creación como igualmente extraña, como si esas imágenes estuvieran enfermas, fueran algo excepcional, raras incluso dentro de la propia película. Me parece que presentando la enfermedad de corazón de esa manera, se traicionaba a sí misma pese a todas las grandes virtudes de L`Intrus.

Denis siempre ha demostrado que sabe manejar muy bien el material con el que trabaja, como así lo patentiza la aparición de la enfermedad en la mayoría de sus filmes (Trouble Every Day es el ejemplo más radical) para marcar una diferencia, LA DIFERENCIA: sus imágenes, pese a todo, deben ser extrañas porque están enfermas. Enfermas de excepcionalidad respecto a una normalidad de lo que debería ser EL CINE. Así con mayúsculas. Y creo que esa es la verdadera enfermedad (si podemos seguir utilizando esa palabra) propia de todas las imágenes del cine que se consideran como interesantes. Porque hoy, dentro del mundillo de autor, el sistema Denis ha sido adaptado hasta la saciedad, hasta terminar imponiendo de manera generalizada un sistema estético que emula experiencias sensoriales puras a través de lo puramente visual. Pero, paradójicamente, esas imágenes se miran como momentos extraños, ajenos a las vidas que los alcanzan. De esta manera se las inmuniza, se hacen de ellas un instante incomparable a todos los instantes que vivimos como iguales. El juego es evidente: de no considerarlas así, las imágenes invalidarían su propia experiencia. De esta manera, ya no estaríamos obligados a considerarlas como algo diferente, excepcional en nuestras vidas y nos veríamos empujados a ejecutar un cambio cultural (es decir, económico) importante hacia una etapa de madurez definitiva de este arte, similar a por la que ya han pasado, incluso, las imágenes digitales que cualquier dispositivo tecnológico de última generación. Lo que queda del cine de autor es el verdadero Blockbuster.