La Fuerza en movimiento

Seamos francos, este año no ha ido para Cineuá exactamente como esperábamos. Quizá no hemos estado a la altura del rigor autoimpuesto, quizá hemos sufrido en parte por ello, por no haber podido hacer lo que nos ha dado la real gana. Sea como sea, algo no ha funcionado, y aunque lo publicado ha sido altamente satisfactorio, algo no ha funcionado, lo siento así. Este texto podría ser algo innecesario, ya que creo que el fantástico escrito que Vicente Monroy publicó hace unos días resume no únicamente el 2015 de Cineuá sino mucho del alma de esta revista. Pero el propio Vicente hablaba del contraplano como esencia del cine, y cómo ese contraplano suele ser diferente a lo previsto, a propósito del selfie o Google Earth. Así que eso pretendo hacer: un contraplano. Volvamos a las películas.

Siguiendo la senda galáctica, podríamos decir que los planos del año han sido los enviados por la sonda New Horizons tras aproximarse a Plutón el pasado julio, las primeras imágenes en alta definición del planeta enano, situado a 7.529 millones de kilómetros de la Tierra. Sí, 7.529 millones. La New Horizons prosigue su camino, recabando datos sobre los objetos astronómicos más limítrofes del Sistema Solar. Estas imágenes, preciosas, nítidas, insuficientes y llenas de misterio, son planas, pero su poder evocador es de una magnitud incalculable, precisamente por su condición real. Son un asidero rocoso de dimensiones planetarias para asomarnos, ni que sea desde las tinieblas de la mente, a lo que puede haber más allá. Son, en definitiva, la constatación o secuela de Interstellar (íd., Christopher Nolan, 2014), una película que, paralelamente a su cientificismo, trascendía por su capacidad soñadora, antropológicamente futurista. El contraplano a la New Horizons, sin embargo, ha venido de la mano de otras dos grandes películas que han girado la cámara 180 grados y, como apuntaba Vicente en su texto, han centrado su objetivo en nosotros, lejanos como la Nebulosa del Águila: Marte (The Martian, Ridley Scott, 2015) y Star Wars: El despertar de la Fuerza (Star Wars. Episode VII: The Force Awakens, J.J. Abrams, 2015).

He repetido en diversas ocasiones que para mí la mejor película de 2015 es Cemetery of Splendour (Rak ti Khon Kaen, Apichatpong Weerasethakul, 2015), que además ya se está convirtiendo en una de mis favoritas de siempre. Uno de los principales motivos es que es un film con enormes propiedades personalizables, por cuanto teje con cada espectador una conexión individualizada, antítesis de lo que proponen cineastas maximalistas como Stanley Kubrick (dicho esto sin ningún tono peyorativo), casi como si fuera una terapia colectiva que funciona de forma desigual según el receptor y en la que cada uno debe extraer sus propias enseñanzas y sensaciones. Sí, es un cine más cercano a lo espiritual que a lo científico, al arte abstracto que al retrato cortesano, y sin embargo es una película muy calculada, sofisticada en su estructura y montaje, en la disposición de los planos y en el efecto que éstos buscan causar, como podemos constatar en la correspondencia que se crea entre el orden de los colores de las luces del hospital y el orden de los planos y la incidencia de esas luces en ellos en la escena de las escaleras mecánica. Casi parece que Cemetery of Splendour tratara, mediante un lento procedimiento, aquello que la fotografía primitiva ya intentó: llegar a la imagen del alma. Quizá esta imagen no está en la película, sino en los ojos que la contemplan (¿quizá por ello Kubrick los cerró bien cerrados al final de su carrera?), y ahí es donde entra en juego el Episodio VII de Star Wars. Si echamos la vista atrás, la primera diferencia entre esta nueva entrega y sus más inmediatas predecesoras (los episodios I, II y III) es la sencillez argumental que detenta frente al alambicado entramado de explicaciones, complots, traiciones, agentes dobles, bandos y politiqueo que sostenía la trama de las precuelas. La trilogía estrenada entre 1999 y 2005 era más un bloque explicativo que emocional, lo que trasladado a lo cinematográfico nos dio tres películas trufadas de escenas narradas más que filmadas, como si la cámara pasara por encima de una historia que debía ser contada, pero jamás se preocupara demasiado de embarrarse en ella; ahí tenemos la historia de amor de Anakin y Padmé o incluso el paso de Anakin al Lado Oscuro. Por supuesto, la explosión de toda esa amalgama argumental en La Venganza de los Sith (Revenge of the Sith, George Lucas, 2005) es absolutamente trágica y catártica, pero más por la propia condición de precuela (y por lo tanto de destino irremediable) del film que por su misma sustancia. El despertar de la Fuerza, en cambio, al no deberse a un fin predeterminado, puede desplegar una libertad total… Y sin embargo, no lo hace. Y sin embargo, es muchísimo más emocional de lo que jamás hubiera imaginado.

Como quiero volver a hablar de las películas, ahora toca hacer aquello que todas las publicaciones llevan semanas haciendo: ATENCIÓN SPOILER. Solamente hablaré de la última y breve escena del Episodio VII de Star Wars, la que creo que mejor aúna las cualidades del film y el secreto de la conexión con Cemetery of Splendour: el encuentro de Luke Skywalker con Rey, la chica protagonista. El núcleo argumental de la cinta, ya anunciado en la mítica introducción en letras amarillas que pone la piel de gallina, es bien simple: Luke Skywalker, el último Jedi, ha desaparecido, y hay que encontrarlo, pues el Lado Oscuro está volviendo. La película no olvidará en ningún momento que esa es su esencia, su razón de ser, lo que trasladado a lo cinéfilo tiene una traducción evidente: recuperar el espíritu de la trilogía original. Así, no hay tanto nostalgia como primitivismo, voluntad de traer de vuelta el tipo de emociones que los grandes blockbusters, quizá con todo el universo Marvel como punta de lanza, han dejado de lado en mayor o menor grado. No pienso describir esas emociones porque ni yo mismo sé cuáles son más allá de su manifestación física, y es que con el Episodio VII se me ha puesto la piel de gallina incontables veces. Si acaso podrían resumirse bajo el paraguas de lo verdadero, y lo fascinante es que sea una película-fenómeno como esta, en la que todo está tan concienzudamente dispuesto hasta el punto que parece un remake muy calcado del film original de 1977, la que de alguna forma me haya provocado sensaciones de una autenticidad tan indudable. Como Apichatpong, Abrams también construye milimétricamente su película, la circunscribe a unas coordenadas (vitales en el tailandés, cinematográficas en el estadounidense) muy concretas, como queda demostrado en escenas tan deudoras de las cintas precedentes y al mismo tiempo tan específicas y sublimadas visualmente como el encuentro de Han Solo con Kylo Ren, y como en Apichatpong, esa voluntad de pulir al extremo todo lo que a uno lo conforma termina con una sencilla e inclusiva mirada: Rey, la nueva protagonista, la intrusa en la saga, la intrusa también para nosotros, termina cara a cara con Luke, el mito, dentro y fuera de la película, y le mira a los ojos. Lo reclama, el mito debe volver, debe aceptar ser desmitificado, debe arriesgarse a perder su condición legendaria en películas venideras. Es la mirada la que lo conecta todo, la mirada es el arpón invisible que une a ambos personajes, como lo es la que nos une a Jen en el plano final de Cemetery of Splendour. Abrams consigue entonces lo que Lucas no logró con la nueva trilogía: filmar a un padre y su hija emocionándose en una película.

Marte es el reverso antropocéntrico de todo lo dicho hasta ahora, hasta el punto que, pese a ser un film cercano y muy juguetón, no es tanto emocional como emocionante. No hay Fuerza en Marte, ni tampoco hay Dios. No hay fascinación por el espacio exterior, y la emoción ante la majestuosidad del escenario viene dada más por la perspectiva humana de éste que por su propia grandeza, un poco al modo de algunas películas del Oeste. Ridley Scott, como ya hiciera en Exodus: Dioses y Reyes (Exodus: Gods and Kings, Ridley Scott, 2014) presentando a Moisés como una especie de terrorista iluminado y a Ramsés como un tirano paraoico con complejo de Edipo, humaniza sin reparo a una figura habitualmente mitificada como la del astronauta, y nos brinda un film que trata de la retransmisión global de la lucha de un tipo normal por sobrevivir. El astronauta interpretado por Matt Damon no es, desde luego, un modelo de nada: sin familia, sin amigos, sin cualidades especialmente destacables (de hecho, es botánico), sin heroismo. Es, en el argot de la telerrealidad, un ‘mueble’. Este ‘mueble’, no obstante, es más bien un lienzo en blanco en el que se reflejan los verdaderos protagonistas de Marte: los terrícolas; es decir, también nosotros, los espectadores de la cinta. Así, al margen de toda filiación con Robinson Crusoe, la última cinta de Ridley Scott es un selfie global, ya que llega un punto del film en el que Mark Watney, el protagonista, consigue disponer de suficientes elementos como para suscitar una inquietante pregunta: ¿podría quedarse a vivir en Marte? ¿Podría emigrar de la Tierra? Es complicado dilucidar si esta cuestión pasa realmente por la cabeza del protagonista, pero está claro que a su director, a juzgar por la forma en que filma el día a día de Watney una vez consigue asegurarse las condiciones mínimas para sobrevivir, con alegres canciones de fondo y un tono cinematográfico de lo más relajado, la idea no le disgusta en absoluto. En la Tierra, en cambio, todo cuanto vemos son personajes que colaboran entre ellos frenéticamente, corriendo de un lado para otro y también tratando de no quedar con el culo al aire, para traer de vuelta a un hombre que seguramente no lo merece demasiado, y que no saben hasta qué punto lo desea. Marte, con una importante dosis de comicidad, quizás esconde en su núcleo una amarga idea: que dedicamos esfuerzos ingentes a causas estúpidas, que damos amplia difusión a esos esfuerzos y a esas causas, que se retroalimentan hasta convertirse en leyenda, y que seguramente todo ello lo hacemos para ni atajar ni ver las desgracias más terrenales. Y que quizá esta es la razón de existir de Hollywood. Y quizá esa es también la razón de existir de Ridley Scott: hacer películas sin importancia cuyo contraplano, y su gran mérito, sea precisamente lo que tenemos ante nuestros ojos al terminar la cinta. Marte, entonces, se revela como un selfie de todos nosotros, con nuestros triunfos y nuestras miserias, pero también como un selfie del propio Scott, un cineasta que quizá querría vivir en Marte pero al que se empeñan en devolver a Beverly Hills. Un poco lo que le pasa a esta revista, para bien o para mal.

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Igual que creo con firmeza que toda Cemetery of Splendour se encamina a ese primer plano final, el único del film, con esos ojos bien abiertos, en imposible duermevela, ni aquí ni allá (al revés que Godard), creo que El despertar de la Fuerza también fluye hacia el encuentro entre Luke y Rey, con esos primeros planos, ese sable láser en alto, y ese plano aéreo que filma el alrededor. El alrededor, es la Fuerza.

SergiFabregat