Emoción

“A Twitter ya no le basta con avisarnos de lo que nos hemos perdido, sino que es capaz de resumirnos lo destacado del día para que no perdamos el tiempo navegando entre tuits, seleccionando esa suerte de highlights que han paseado por nuestra cuenta como si de un Hall of Fame se tratara. Democracia. La misma democracia que al parecer hemos ejercido los catalanes por el mero hecho de votar…”

Así comenzaba el texto que empecé a escribir hace unos meses de cara al temático sobre Descomposición que debía ser el quinto en esta nueva etapa de Cineuá. Quinto temático de los doce que iban a componer un paréntesis en el rumbo de la revista y que, finalmente, fieles a nuestra intermitencia, quedaron en cinco, cerrando etapa y menguando la familia. Nada nuevo, siempre hemos vivido en crisis en esta revista, siempre hemos sido Matt Damon sobreviviendo en Marte.

De hecho, tras casi cinco años con esa sensación de vivir más cerca de un final que de una meta creo que ese ha sido nuestro mayor acierto: fracasar constantemente mientras otras publicaciones encontraban una estabilidad. Porque nunca hemos tenido el calendario marcado con festivales ni estrenos, como tampoco nunca exigimos texto alguno ni buscamos primeras espadas de otras publicaciones para incorporarlos a nuestras filas, sino una manera de acercarse al cine que fuera diferencial, multidisciplinar. Y está claro que dicha apuesta ha resultado en desastre, que siempre fuimos inadaptados, erráticos, que hubo hallazgos (como los del personaje de Mark Watney en The Martian) y a su vez un intento de supervivencia, pero nunca la estabilidad del conformismo.

Durante esos cinco años nos hemos tenido que ver forzados a reformularnos varias veces pero, sobretodo (y más importante), a plantearnos qué estábamos haciendo, y ese debate recuerdo que estuvo vivo durante cierta época, cuando eclosionaron los blogs y se acuñó aquello de la Nueva Crítica. Ese debate, hoy día, sobrevive únicamente en las redes sociales, ahora que todos los medios digitales se han establecido, aunque reducido a las discrepancias sobre el saber hacer de los nuevos medios frente a los más veteranos. De hecho las mismas redes sociales sirven tanto de escaparate como de púlpito para pregonar a los acólitos las bondades de su manera de hacer, habiendo perdido por el camino esa especie de compañerismo cuando el futuro era incierto. Ahora todos los medios son únicos e inimitables, aunque hablen de lo mismo y con las mismas herramientas.

Quizás por eso mismo los componentes de Cineuá nos hemos ido desencantando con el mundo de la crítica, o quizás simplemente ha sido la pereza de seguir a tantos medios que me lleva a andar algo perdido… o quizás es que resulta complicado dar con algo que (me) llame la atención. Todos sabemos cómo funciona porque incluso parte de Cineuá ha funcionado así: llega un festival y las revistas son temáticas; llegan unos premios y todos tenemos textos sobre ello; llega fin de año y todos tenemos listas y llega un ripeo y todos hemos aprendido a capturar un fotograma (los más avanzados hasta un gif animado). Es decir, la producción es exactamente la misma que hace cinco años pero olvidando el riesgo (cuando precisamente es menos peligroso) para acomodarse en nutrir lectores a la manera que nos quejamos de cómo muchos festivales eligen su programación. Es más, ¿acaso la oferta web es tan diferente de la oferta en papel como para que nadie pueda poner en duda la validez y calidad de ambas? Pero desde luego hemos recorrido un camino que ha resultado estéril sin que nadie se cuestionara si era necesario.

Así que supongo que no era casual que este temático sobre Descomposición diera fin a esta etapa de la revista, porque siempre hemos sido caducos…

Y otros tantos meses después  me vuelvo a enfrentar al mismo texto tan atragantado en el parto, postergado por otras urgencias y logros mientras la frustración daba paso a la renuncia. Pero es curioso cómo, a través de un taller de crítica cinematográfica patria en la era de internet, aprende uno a situarse en su contexto sin el subjetivismo tan propio de estos tiempos, corroborando el estancamiento generalizado. Quizás conseguimos cambiar las cosas para darnos cuenta que no había más motivo que el intentar cambiarlas, y ya no queda más horizonte que mantenerse a flote, más combustible que el propio cine, más logros que la longevidad.

O quizás no…

El caso es que cualquier persona se vuelve conservadora en el preciso instante en que se conquista un terreno, al que ya no renunciará cueste lo que cueste, cuando quizás en la era de lo caduco lo más valioso es ser líquido, invertir la mecánica por la que las redes sociales apuntan a una web para, como la mayoría de empresas, disgregar la información lejos de sus servidores centrales. Es decir, Cannes anuncia estos días sus títulos, y no faltan los especiales sobre directores, opiniones sobre las listas, quejas sobre la recepción de esas listas por parte de otros compañeros y la habitual cadena de sucesos que, sin duda alguna, resulta estéril. Ante eso prefiero retazos de opiniones huérfanas, capaces de crear un corpus mucho más libre que las de aquellos esclavos de sus certezas.

En todo caso abrazo la vertiente mutante de la descomposición, la misma que siempre ha acompañado a la revista, para cerrar esta segunda etapa de Cineuá y reformularnos de nuevo, sin pilotos automáticos ni ombliguismos. Nos volveremos a equivocar pero sin repetir los mismos errores. Volveremos a plantearnos una y otra vez hacia dónde vamos. Volveremos a ser imprevisibles. Volverá a ser emocionante.

Hasta pronto.