Tarantinorama (II): Un análisis de Los odiosos ocho (The Hateful Eight, Quentin Tarantino, 2015)

Capítulo 2: Fantasmas de Wyoming

¿Por qué otro western? Esta es una de las primeras preguntas que me asaltó cuando supe que, tras Django desencadenado (Django Unchained, Quentin Tarantino, 2012), la nueva película de su director pertenecería al mismo género. Exceptuando la ligazón genérica existente entre Reservoir Dogs (íd., Quentin Tarantino, 1992) y Pulp Fiction (íd., Quentin Tarantino, 1994), cada nueva obra del cineasta estadounidense respondía a un nuevo marco: blaxpoitation, cine de espadas, rape & revenge, grindhouse y cine bélico. Con Django desencadenado, QT ya tenía SU western, épico, completamente identificable y personalizado, una celebración del género y sus constantes, despreocupado y al mismo tiempo orgulloso de su cuerpo, encarnado en la musculatura del propio Django. ¿Por qué otro western?

La respuesta es sencilla: Los odiosos ocho no es un western. O lo es únicamente en apariencia, o lo es de forma básica, o lo es en los mimbres del film, pero no en su corazón. Se rumoreaba que Tarantino llevaba tiempo contemplando la idea de hacer una película de terror: unos personajes, atrapados en una casa en medio de la nada, con una apocalíptica ventisca desatándose en el exterior, discutiendo acerca de cómo matar a una mujer, enfrentándo(se) a sus demonios… Propongo un experimento, con toda humildad y sin pretender ser ningún visionario, sencillamente para ilustrar la idea: leed este párrafo con esta música de fondo, si queréis leed todo el análisis con esta música de fondo… ¿Quién dijo western?

Sí, Los odiosos ocho me parece la película de terror con la que Tarantino llevaba tiempo amenazando, y la veo como tal desde su desarrollo hasta buena parte de su dispositivo formal y visual y ya no digamos en el terreno político o ideológico. Por el camino, se pone uniformes de géneros afines como el del thriller, el suspense en buena parte del metraje o el gore más pasado de vueltas. El primer indicio de los caminos que emprenderá la cinta es la obertura musical incluida en la versión Roadshow, enlazada arriba: lejos de la épica habitual en muchos western o de la grandeza de sus planteamientos (sin ir más lejos: https://goo.gl/U5lgHq), la banda sonora de Ennio Morricone es de naturaleza insidiosa, paulatinamente amenazante, oscura y con muchas más filiaciones con cualquier cinta clásica de terror que con lo que suele ser habitual en un western. Incluso los planos de paisajes que abren la película, casi los únicos exteriores que hay, no son los habituales planos luminosos e impulsivos del western, que animan a los personajes a avanzar y pisar terreno desconocido, sino que son imponentes en el sentido más ominoso de la palabra. Podríamos decir que Los odiosos ocho es una película de terror que transcurre en Wyoming, el estado menos poblado de EEUU y uno de los más conservadores, tras la guerra de Secesión. De hecho, sería curioso analizar si el género del film viene determinado por elecciones formales y tonales por parte de Tarantino o si es una consecuencia del contexto en el que se ambienta, en cuyo caso podríamos hablar entonces de una película política que viste ropajes de terror.

Ya dentro del género, Los odiosos ocho coquetea con diversos subgéneros, pero esencialmente es un film de fantasmas, y si retorcemos el argumento, de casa encantada. Los dos primeros capítulos son claros en este aspecto: una diligencia con dos personajes, John Ruth y Daisy Domergue (el primero lleva a la segunda a un pueblo llamado Red Rock para que la ahorquen sin que sepamos el motivo), ve cortado su paso por un cazarrecompensas negro, un antiguo oficial de caballería llamado Marquis Warren; su caballo no ha sobrevivido a la ventisca, pide que lo lleven a él y a los cadáveres que quiere llevar a Red Rock para cobrar su recompensa. La primera sorpresa es que Ruth conoce a Warren, cenaron juntos unos meses atrás. La forma en que Tarantino presenta a Warren, de cuyo caballo no vemos el menor rastro (¿cómo ha arrastrado entonces a los cadáveres hasta el camino?), y la imposible casualidad que suscita que Ruth se haya topado con un conocido en esas condiciones climáticas en plena montaña, traen a la mente los encuentros que a lo largo de toda la Historia se han atestiguado entre viajantes y espectros en nevadas como esa o, si nos trasladamos a tiempos más recientes, toda la escena recuerda vagamente a las leyendas urbanas de la chica de la curva. El segundo capítulo, aún en la diligencia, calca prácticamente la estructura, aunque el personaje que se aparece a Ruth y que, rizando el rizo, también lo reconoce, es totalmente opuesto: Chris Mannix, hijo de un célebre y sanguinario rebelde del bando confederado, pide socorro a gritos y se acerca a la diligencia desde la lejanía portando una pequeña lámpara encendida, y para subir a la diligencia dice ir a Red Rock ya que ha sido nombrado nuevo sheriff del pueblo, sin aportar más detalles sobre qué hace ahí, solo y casi congelado. En este caso, más que una dama de las nieves o una chica de la curva (como sucede con el personaje de Warren), el referente parecen ser las leyendas de ánimas como por ejemplo la Santa Compaña. Es significativo el hecho que ambos conozcan vagamente a Ruth igual que lo es que él no los reconozca inicialmente a ellos pese a tener algo en común con él en el pasado. Debo recalcar aquí que esto que expongo no pretende ser una teoría sobre alguna interpretación oculta de Los odiosos ocho, sino que, al margen de mi parecer, sí que creo que son indicadores que Tarantino utiliza para insuflar el carácter fantasmal/terrorífico a su película. Otro dato: la diligencia va conducida por O.B., el único de los personajes del que nada sabemos ni sabremos, ni siquiera su nombre completo, aunque sí veremos espontáneas muestras de admiración hacia su figura e incluso de voluntad de mando por su parte. ¿Es él el Caronte de la película?

En cuanto suben a la diligencia, se inicia una larga conversación entre Warren y Mannix en la que cada uno da detalles sobre su pasado que los convierten en dos representantes de las heridas no cerradas de los ya Estados Unidos, y también en dos espejos en los que Ruth y Domergue se pueden ver reflejados: Warren es un más que dudoso héroe de guerra yanqui que fue desterrado por los suyos tras incendiar un campamento confederado en el que también había prisioneros blancos de su bando, y Mannix es un racista resentido con el bando ganador y con el triunfo de la Unión. Tarantino encierra en ese reducido espacio, como si fuera un film dentro del film (un drama histórico dentro de la película de terror), a cuatro personajes con vasos comunicantes entre ellos, como son las relaciones de poder, la violencia, el racismo de Mannix hacia Warren opuesto al machismo de Ruth hacia Domergue… Un cóctel de tensión insostenible que no llegará (aún) a estallar, pero que transforma a los dos fantasmas con los que Ruth se encuentra en unos dickensianos espectros, con los que Ruth comparte algunos valores aparentemente irreconciliables (él mismo es tolerante con un negro pero brutalmente violento hacia una mujer, su prisionera para más señas) que lo desvelan, a él y a Domergue, como los imposibles protagonista de la cinta y la viva imagen de la contradicción que late en todos nosotros, una tensión interna que se encuentra en el centro de Los odiosos ocho y forma parte activa de su naturaleza, ya que la película es, por ejemplo, tan furibundamente crítica con el racismo como exponente del mismo.

La llegada a la mercería de Minnie, el principal escenario de la película, la casa encantada de la que hablaba antes, hace que el despliegue narrativo, temático y atómico vaya a más, y los fantasmas siguen congregándose en esa especie de purgatorio en el que el film los ha convocado. Dentro aguarda uno de los personajes más interesantes, sino el más, de Los odiosos ocho: el general Sanford Smithers. General confederado, racista virulento, casi a vuelapluma podemos escuchar como Warren le echa en cara que dejó morir de frío y hambre a decenas de prisioneros negros al negarles un uniforme para cobijarse, algo que no parece provocarle el más mínimo remordimiento. Smithers, interpretado con absoluta genialidad y riqueza de matices por Bruce Dern, no se levanta en ningún instante del sillón en el que lo encontramos, y ni en una especie de flashback que más tarde llega lo vemos de pie. Parece que hubiera estado sentado allí siempre, en esa especie de limbo en el que se va transformando la mercería de Minnie, esperando, encarnando el fantasma último de su país: la supremacía de la raza blanca. Los otros dos personajes claramente espectrales de la película, Warren y Mannix, lo reconocen de inmediato, aunque los sentimientos que profesan hacia él son de índole opuesta, iniciándose entonces la primera de las subtramas en la mercería de Minnie: la relación entre Warren y Smithers. Al general debemos las cotas más desmedidas de odio y salvajismo de toda la película (“No conozco a ese negro. Pero sé que es un negro, y eso es todo lo que necesito saber”, llega a espetar), pese a que sólo sea un pobre viejo en un sillón, en la conversación que mantiene con Warren, consistente en desenterrar literalmente viejos fantasmas, personales y raciales, puesto que la charla gira alrededor del hijo muerto del general. La conversación entre ambos es la primera en la que Los odiosos ocho despliega todo su poder generador de suspense con consecuencias reales, únicamente mediante la palabra y una inquietante versión al piano del villancico Noche de paz. El terror se apodera de la cinta porque la insoportable tensión que genera Tarantino (el lento ritmo con el que Warren habla, los insertos de Bob tocando el piano, las superposiciones de lo que el general imagina a partir de lo que cuenta Warren…) adopta la forma de un perverso cuento de cuna, que cristaliza en esa brutal imagen en que vemos al general acurrucarse con la manta, como si fuera un niño que no quiere ver al monstruo que se revela a cada palabra. Pero el monstruo era él, lo tenía dentro.

En los siguientes capítulos hablaré más en profundidad de Joe Gage y Oswaldo Mobray, los personajes interpretados por Michael Madsen y Tim Roth respectivamente, puesto que sus papeles son más fructíferos al analizarlos dentro de la reflexión del film sobre la representación que sobre el género, pero cabe señalar que también ellos son fantasmas, o metafantasmas mejor dicho. No únicamente podemos ver en sus personajes y en la forma como Tarantino los filma (especialmente en el capítulo 5) una invocación de aquellos a los que encarnaron en Reservoir Dogs (íd., Quentin Tarantino, 1992), sino una visión deformada de dos arquetipos: el cowboy y el europeo ilustrado. Éste último ya apareció en Django desencadenado interpretado por Christoph Waltz, en un precioso gesto por parte del director de dar a Waltz un papel parecido al del coronel Landa de Malditos bastardos (Inglourious Basterds, Quentin Tarantino, 2009) pero de signo heroico y bondadoso. Toda aquella luz queda diluida en Los odiosos ocho, puesto que ni el europeo ilustrado ni el cowboy son quienes dicen ser y, de hecho, en su impostura se revelan como meras sombras de aquello que pretenden y deberían encarnar: figuras totémicas del western clásico. El exageradísimo acento inglés de Mobray y la flema llena de florituras que lo caracteriza son ciertamente tronchantes de ver y escuchar en plena América profunda, como si Tarantino desmitificara a su propio personaje (el King Schultz de Django desencadenado) al mismo tiempo que Joe Gage es un vaquero muy venido a menos, tanto que toda su hombría y halo de misterio quedan en ridículo cuando anuncia que está allí porque va a ver a su madre por Navidad y posteriormente es desarmado con suma facilidad por Warren, por no mencionar que es él, el que en apariencia es el personaje más macho de la película, quien envenena el café, en otro poderoso gesto de subversión de géneros por parte de Tarantino. Ambos personajes son fantasmas, pues, del western que Los odiosos ocho debería ser, o algunos quieren que sea, como si los tiempos no estuvieran cambiando.

El personaje más obviamente terrorífico, no obstante, es el de Daisy Domergue, que durante la película pasa de ser una bufonesca prisionera vejada incesantemente a una femme fatale, para terminar transformada en una bruja con tintes medievales. Sin duda pocos personajes del cine mainstream, por llamarlo de algún modo, han sido más maltratados que el de Domergue. Con cada golpe, con cada insulto, con cada vejación, el mal que anida en ella va saliendo paulatinamente a la superficie, mutando incluso su forma de hablar (del modo en que masculla las palabras al principio a como las escupe, como si fueran un chicle, al final de la cinta, ya cubierta de sangre), para terminar erigiéndose en un ser diabólico y vengativo, casi demiúrgico. Ella encarna la vertiente más visceral del terror en Los odiosos ocho en todas las fases del film: ante las apariciones de Warren y Mannix en la nieve, Domergue permanece casi silente, como si viera algo que Ruth ni atisba, y en el inicio del cuarto capítulo, cuando Gage envenena el café, ella coge una guitarra y se sienta con toda frialdad a cantar una canción, en el que paradójicamente es el momento más bello y puro de toda la película (y el mejor plano que Tarantino ha filmado nunca), lo que no hace sino acrecentar su ya mencionada condición y éxito como femme fatale/hechicera, que emerge con mayor fuerza en ese plano, el más hitchcockiano de la cinta: en primer término vemos a Daisy cantando y, al fondo, a Ruth y O.B. sirviéndose el café. Mientras Daisy canta la canción, conocedora que el café está envenenado, mira en diferentes ocasiones a los dos hombres, y Tarantino (¡benditos 70mm, bendito Ultra Panavision!) comienza un precioso juego de enfoques y desenfoques, en lo que es un momento de pura potencia cinematográfica en forma de suspense y trabajo narrativo, tonal y formal en una misma imagen. Volviendo a la cuestión de género, cuando Ruth, el aparente protagonista, bebe el café y, esposado a Domergue, lanza sus últimos estertores antes de morir (como Marion Crane en Psicosis (Psycho, Alfred Hitchcock, 1960), a media película), acaba escupiendo una absurda cantidad de sangre sobre ella, como si fuera la última humillación, el último maltrato. A partir de ahí, bañada en sangre, con los ecos de Carrie (íd., Brian De Palma, 1976) y El exorcista (The Exorcist, William Friedkin, 1973) muy presentes (como bien mencionó Manu Yáñez en su excelente crítica), Domergue se transforma en profeta del infierno que está por desatarse, y ella misma introduce al film en los terrenos del gore y la violencia extrema, volviéndose Los odiosos ocho una especie de survival estático que se desarrolla en un único espacio, con cabezas reventadas, brazos cortados, testículos acribillados y sangre, sangre, sangre.

Finalmente, la propia Daisy Domergue terminará ahorcada (¿por asesina o por bruja?) por los dos fantasmas con los que casualmente (o no) se encontró su captor, John Ruth, de camino a Red Rock.

(Continuará).

SergiFabregat