Tarantinorama (y VI): Un análisis de Los odiosos ocho (The Hateful Eight, Quentin Tarantino, 2015)

Capítulo 6: Espejismo a Red Rock

Los paraísos perdidos, inalcanzables, son una constante en el cine y, de hecho, también en la mitología. A veces son de índole imaginaria, a veces íntima, a veces geográfica. Una de las películas más seminales de la Historia, Ciudadano Kane (Citizen Kane, Orson Welles, 1941), abundaba a este respecto en diversas vertientes de lo paradisíaco: de Xanadú a Rosebud. Desde su castillo de raigambre artúrica, Charles Foster Kane ansiaba esa reliquia, enterrada literalmente en lo más hondo de su memoria, de tintes redentores y esencia proustiana que era el trineo de su infancia, en el que había escrita su primera y última palabra: “Rosebud”. De alguna forma, Welles cerraba el círculo cinematográfico, el relato, pero dejaba entreabierta la puerta del misterio del hombre, cuya verdadera esencia jamás llegarían a comprender quienes le rodeaban, y de hecho tampoco nosotros. Rosebud, como la Atlántida, como Shangri La, como El Dorado, como Eurídice, seguiría siendo intocable e invisible.

Casi dos décadas después, Alfred Hitchcock llevaría aún más allá la incapacidad humana de alcanzar la plenitud en el desenlace de Vértigo (íd., 1958), al dejar a Scottie, que acaba de ver morir por segunda vez a la mujer amada, algo imposible, al borde del abismo para toda la eternidad, suspendido ante la imagen de la muerte justo cuando alargaba su mano para impedirla. La rotura entre Welles y Hitchcock es que mientras que el primero sí cerraba de algún modo el relato, clausuraba la mirada aunque de algún modo la suspensión de sentido seguía latiendo en el interior del film, el segundo no lo hace, traslada al espectador esa desaparición del paraíso ante la mirada atónita de aquel que lo tenía al alcance, difuminando la separación entre la mirada externa e interna de la película. La suspensión de la pérdida, la cronificación del vacío, es una puerta que Hitchcock abrió para que los valientes pudieran hacer películas que jamás terminaran porque quedaban huérfanas de un destino que sólo estaba al otro lado de la pantalla.

Para mí, lo que hará perdurar en el tiempo Los odiosos ocho es que la diligencia nunca llega a Red Rock. Que Red Rock, de hecho, podría ser sencillamente un misterio, otra mentira, el paraíso del western, como nuestro Edén, la Atlántida, El Dorado o Shangri La. Como si fuera un espejismo, vemos el penetrante fulgor de Red Rock en los ojos de los personajes de la película, su blanca luz, al final del túnel, enquistada en sus pupilas, reflejándose en ellas, la muerte del cine en tanto que esa luz quizá no es otra cosa que el proyector de la sala: se están viendo a sí mismos, ellos son su reflejo. Sus cuerpos, la inalcanzable realidad de Red Rock, tan cerca, tan lejos. Quedan entonces suspendidos para siempre entre la diligencia de O.B. y la mercería de Minnie, siempre con destino y en camino a Red Rock, donde nunca llegarán, condenados a repetir una y otra vez las mismas mentiras con las mismas palabras cada vez que nosotros vayamos al cine o pulsemos Play. Como Scottie, como los personajes de Winter Sleep (Kis Uykusu, Nuri Bilge Ceylan, 2014).

En este punto se encuentra la conexión que veo en Los odiosos ocho con aquello que centraba el artículo de Godard sobre Bergman con el que comencé este análisis, en esa capacidad del cine para estirar un ínfimo instante y ahondar en él hasta el punto de conformar todo un nuevo universo, como aquellos mapas galácticos que contienen una miríada de puntitos blancos pero que al ampliar la imagen en alguno de ellos revelan una nueva imagen tan vasta como la anterior, y así una y otra vez. El hecho que Tarantino inscriba su película entre dos espacios invisibles, cinematográficamente inexistentes, como son el destino, Red Rock, y el origen, el lugar nunca mencionado de donde vienen los personajes, convierte al film en un contínuo espacio de tránsito, en cierto modo un no lugar, un purgatorio, de ahí su lectura como suspensión del viaje, tanto temporal como narrativa, puesto que a cada paso que dan los personajes más parecen alejarse de su destino real, Red Rock, que poco a poco va desvelando su verdadera naturaleza de espejismo. La inmediatamente anterior película de Tarantino, Django desencadenado (Django Unchained, 2012), operaba justamente sobre un concepto opuesto, el relato mitológico con un origen y un destino claros, que se reflejaban de hecho en la leyenda de Siegfried que al principio de la cinta contaba King Schultz a Django, cuyo heroico viaje arrancaba con su transformación de esclavo en hombre libre y terminaba con el rescate de la princesa, Broomhilda, matando entretanto al dragón (aquí era bicéfalo, pues para King era Calvin Candie pero para Django era Stephen). En cualquier caso, Django desencadenado era un viaje épico, también desde el punto de vista físico, pasando del desierto a las plantaciones de Mississipi, con un guiño inesperado a Centauros del desierto (The Searchers, John Ford, 1956) en esa breve escena de Django y King en la nieve similar a esa otra, también breve, de Ethan, quien también removía cielo y tierra para encontrar a su sobrina, en este caso secuestrada por indígenas en vez de esclavistas. Este clasicismo, que de hecho hace de Django desencadenado una de las pocas películas de Tarantino que no está dividida por capítulos, convertía su anterior western en una celebración, una despreocupada fiesta de cumpleaños de todo aquello que nos hace disfrutar tanto de este cineasta, dando a la cinta un poderoso carácter de obra cerrada, retrospectivo, como un trofeo de caza de su propio cine. En Los odiosos ocho, sin embargo, como si su director hubiera cogido a un perro, le hubiera cortado la cabeza y la cola, y luego nos presentara los despojos preguntando de qué raza es, como si hubiera decidido internarse en la nieve que bañaba aquella breve e intrascendente escena en Django descenadenado, se aparece ante nosotros el mapa de un universo totalmente distinto, con ecos (Jackson, Roth, Madsen, Parks) que nos llegan como la luz de esas estrellas que ya no existen, y con otras que brillan intensamente como si acabaran de nacer (Goggins, Jason Leigh, Tatum, Russell).

Los odiosos ocho es, en definitiva, la exploración de nuevos caminos que no se sabe de dónde parten porque lo que hay antes de la nueva película de Tarantino son sencillamente las anteriores películas de Tarantino, y a ellas debemos mirar para saber cómo consiguió John Ruth detener a Daisy Domergue, en lo que parece una revisión del viajecito en coche de Stuntman Mike con Pam, o cómo liquidó Marquis Warren a los hombres, ahora cadáveres, que quiere llevar a Red Rock para cobrar su recompensa. Quizá Broomhilda murió, y Django abrazó el oficio de su maestro King Schultz. Disparar, disparan igual de bien.

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Como Kane y la infancia en su muerte, como Scottie anhelando para siempre a Madeleine, quizá algún día lleguemos a Red Rock.

FIN.

SergiFabregat